
O de un vino untuoso y ardiente, como un queso de bola recién horneado.

O de un vino untuoso y ardiente, como un queso de bola recién horneado.

O de un blanco que te lo pimplas feliz con un buen pescado a la parrilla.

O de un vino sin tapujos, para beberlo a sorbos muy cortos.

O de un vino hecho para paladar de titanes, puro graciano salvaje como los limones del Caribe.

O de un vino que nos huele a la zarzamora de septiembre, ni más ni menos.

O de un vino diez para enfrentarse al vino y, de paso, a un humeante guiso estofado.

O de un albariño singular que ha de servirse bien frío, casi helado.

O de un vino ardiente donde los haya que es puro poderío.
