Arroka Berri

Jesusmari amaestra a sus clientes 

Somos básicos y necesitamos pertenecer a algo para diferenciarnos del vecino del quinto izquierda o de nuestra cuñada petarda, que nunca podrá sentarse en esa sociedad gastronómica casposa que no admite mujeres, pues sus socios heredan el carné de padres a hijos como un Borbón su corona y su toisón. Otros matan por su club de fútbol y no se pierden un partido y los más gacelas andan sudando la camiseta de su grupo de escalada, sin perdonar un domingo de bocata de filete en lo alto de un risco lleno de cabras montesas, empujado con su refresco calentorro de lata, ¡clic-psssst!

Es difícil encontrar locales en los que todo dios goce, disfrute y lo pase teta porque la hostelería se ha puesto canina y no abunda lo bueno, desgraciadamente. Los clásicos van cerrando sin relevo generacional y los novísimos abren sus negocios con apreturas e incertidumbre. En muchas casas viejunas todas las familias tuvieron su restorán de cabecera en los que celebrar bautizos, bodas, comuniones y la graduación del hijo más lerdo, que sacó la carrera de empresariales rozando la treintena. Hagan memoria levantando la vista del papel, aparquen un segundo esta brasa escrita y recuerden sus tascos de infancia: el bullicio de aquella barra llena de calamares y marianitos, la terraza en la que dieron el primer sorbo a un bitter o ese reservado de la marisquería en la que aprendieron a pelar gambas y a untar pan en mahonesa.

De críos corríamos al faro de Higuer todos los domingos y hacíamos el mismo recorrido en el barrio de la Marina hondarribitarra: pincho de tortilla en el Yola y el Zabala, quisquilla cocida y karrakelas en el viejo Maite y si mis padres tenían cuerpo flamenco, íbamos derechos a la parra del Alameda para rematar el día con rabaneras de paella, fritos, carne con tomate, chipirones en su tinta o chuleta de ternera con patatas y ensalada. Hubo un tiempo que a mi padre le dio por ser “korrikalari” y nos arrastraba bien jóvenes por el puerto, la playa o la recta del aeropuerto para quemar calorías y prepararnos para la hora del aperitivo, pincho de chorizo cocido y tazón de caldo en el Arroka, que era un caserío con barra para que los vecinos pudieran echar la partida o ver en el televisor a Hinault, Perico, Zoetemelk, Van Impe, Arroyo o Lejarreta dejándose el pellejo en el pelotón del Tour de Francia.

Los clientes del Arroka también hacen piña pedaleando en sus comedores, sintiéndose arte y parte y defendiendo el establecimiento a capa y espada, es un gustazo encontrarse a un “hooligan” incondicional de esta casa describiendo un festín pantagruélico. Son legión. Allá gozan como monos en la selva, masticando a mandíbula batiente una cocina generosa, abundante y sabrosa que conecta con el comensal, sin chorradas, sin florituras y máxima eficacia. Jesusmari tiene a los clientes amaestrados y se lo curra a pulso, día a día, servicio a servicio, en complicidad con su equipo de cocina y sala. Si alguno celebra su cumpleaños, apagan las luces para que sople las velas y todo el comedor canta; si te apetece marisco cocido con mahonesa, no se hable más; si se te antojan unos huevos fritos, ahí los llevas y si quieres patatas, sin problema.

Esta casa comenzó a edificarse en 1800, aunque la reformaron a conciencia en los años cuarenta del pasado siglo y ya en 1971 ofrecían raciones o bocadillos, sembrando para recoger poco a poco la fértil cosecha de su generosa clientela, formada por hijos, sobrinos y nietos de aquellos que jamaron allá como reyes y salieron contentos, rumbo a casa. Uno empezaría con todos los entrantes y acabaría empachado relamiéndose con el último de los postres sugeridos en una carta extensa que hace las delicias de todo pichichi: menestras, pimientos rellenos, sopa de pescado, arroces, marisqueo de concha y caparazón, pescados servidos sin trampa ni cartón, y ese despliegue de carnes guisadas y asadas, solomillos, corderos y cochinillos, pechugas de pato graso, foie gras a la sartén, carrilleras o chuletas de vaca. Los postres son floridos y desbordantes y todo cumple con creces el objetivo para convertir esta casa en un lugar de ensoñación del que marchas feliz, como las maracas de Machín. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Arroka Berri
Higer Bidea 6 – Hondarribia
T. 943 64 27 12
arrokaberri.com
@ arroka_berri

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO ****/*****

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