
Italiano en Madrid

Sí, me gustan los toros porque en Hondarribia tuvimos plaza preciosa y mi padre me llevaba a ver al bombero torero y flipaba en colores con aquellos tipos pegando botes sobre los novillos. Luego llegaron Samantha Fox y Sabrina Salerno y empezaron las farras adolescentes, así que además de recorrer todas las fiestas de los pueblos, conocimos San Fermín y lo pasamos teta, tardábamos una noche entera en cruzar San Gregorio y San Nicolás desde La Taconera hasta aterrizar en la Plaza del Castillo. Después del encierro, los churros de Paulina de La Mañueta, los huevos fritos con txistorra y de dormir plácidamente, acabábamos en los tendidos vibrando con Espartaco, Ortega Cano y El Litri.
La gran paradoja de los toros es la gran paradoja de la vida: la verdad y la mentira a la vez, el vértigo, la náusea, el miedo, la luz y la muerte. Cuanto más viejo, más me revuelvo, llegará la paz en la caja de pino, pero me gustan porque son expresión estética extrema y ritual remoto, renovador y revolucionario que te pellizcan el cerebro y las tripas. Por eso acabas rendido o loco, como Miguel Galayo, aquel aficionado currista de toda la vida, marido, padre y vecino ejemplar que saltó al ruedo en Las Ventas una tarde de 1987, tirando de un empujón al torero. Aquel día, Curro Romero compartía cartel con Antoñete y Rafael de Paula, se negó a matar a “Giraldillo” porque decía que estaba toreado, el público se volvió loco, Galayo saltó al ruedo para reclamarle el dinero de su entrada y lo golpeó.
Creía que en mi mundo de la cocina están los mayores tarados, críticos repelentes, bocinas, chefs resabiados, anormales y comilones de mala baba y resulta, ¡iluso de mí!, que los toros son mayor cloaca, ya lo dijo el desaparecido Victorino Martín, “los mayores enemigos de la Fiesta están dentro de la Fiesta”. Nunca había estado en Las Ventas y los pasados San Isidros saqué billetes para ir con mi Eli a ver a Uceda Leal, Clemente y Pablo Aguado. Es un despropósito pasearse por los alrededores de la plaza, alucinas con el ambiente, la venta ambulante y las conversaciones de los aficionados, deseosos de ver una tarde memorable. En el coso hay hasta librería taurina llena de joyas encuadernadas y ediciones antiquísimas por las que yo iría al Monte de Piedad a empeñar dos dedos para conseguir efectivo y hacerme con la colección completa de la revista “La Lidia” (1882-1900) por el módico precio de dieciséis mil euros.
El aficionado madrileño está pirado, todo son pegas, que si baja la mano, ponte derecho, pégate al toro, levanta la cara o esas banderillas están descolgadas. Solo callan cuando se alza el estoque y el rumor constante es de cháchara y chismorreo. Una mala tarde la tiene cualquiera y no me entra en el bolo que silben a un torero. Si hoy no hay faena, mañana será otro día, ¡redios! Abierto el apetito, no hay mejor plan que salir a cenar, por los alrededores están Órdago o Montes de Galicia, pero hoy toca italiano. Mi primera vez en Noi aluciné con Gianni, un chef dandi de punta en blanco con aspecto de Corto Maltés, con pañuelo de seda y pinta de aventurero romántico que te guía por sus mares en busca de libertad, como en los comics de Tintín. Su nave son los pucheros y las sémolas de trigo duro con las que elabora pastas de otra galaxia. Sofríe, rehoga, manteca, guisa y construye sus platos yendo a currar bien de mañana, arrimando los pucheros al fuego, sin florituras ni gilipolleces. En cocina se lo pasan pipa, sudando como perros y quemándose las pestañas en camaradería, sin mala baba, chino chano. Son lección de oficio y oasis en un Madrid centro convertido en una mezcla indistinguible de aeropuerto, centro comercial y parque temático. Históricos locales, restoranes y tascas fueron sustituidos por franquicias internacionales y locales de carcasas telefónicas, garantizando así que podamos disfrutar exactamente de las mismas mierdas que tienen en otras doscientas ciudades del planeta. No se pierdan su caponata siciliana, la parmigiana cremosa, el carpaccio de lubina con calabacines encurtidos, los fusilloni con tomate, los maccheroncini mantecados con una amatriciana colosal y los spaghettone cacio e pepe con pecorino sardo, que se tiran dieciséis minutos largos de cocción sumergidos en la salsa para que no los olvides jamás. ¡Viva Dino Buzzati! Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Noi
Recoletos 6 – Madrid
T. 91 069 40 07
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COCINA Todos los públicos
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