
Una institución de la gastronomía vasca

No recuerdo mi primera vez en Rekondo pero podría levantar un plano de la vieja instalación del final de los años ochenta. Dejabas el auto aparcado de aquella manera en las inmediaciones y aterrizabas por el bar, dejando la barra a la derecha y unas mesas a la izquierda con clientes echando la partida junto a un vivero de marisco, pimplándose sus patxaranes. Al mostrador, poblado con botellas de Martell, DYC, Antiquary y anís de Badalona, accedían las camareras por un escalón para preguntarte si te apetecía tomar algo, pasar directamente al comedor o esperar acodado al resto de compañeros de mesa echándote un vino con unos calamares.

Cruzabas al salón a través de un pasillito estrecho como de obra de teatro de Miguel Mihura en el que había unos baños, llegabas a un pequeño reservado a la izquierda y a una sala grande y principal al fondo, en el que se sentaba toda la “kaskariña” donostiarra deseosa de verse masticando todas las especialidades de la casa. Me encantaba ese comedorcito de pocas mesas en el que hemos disfrutado de maravillosas cuchipandas en compañía de amigos y familia, reímos, lloramos y hasta cantamos horrorosas canciones de borrachera, espantando a la distinguida clientela.

En los meses fríos comíamos bandejas de ostras con su hielo pilé y gajos de limón para atizarles una colleja con el chorretón, deslizándolas por el gaznate con una felicidad simpar. Abro paréntesis. Una vez en París, camino de la treintena y con una energía desbordante, comí con Martín Berasategui, que tendría cuarenta años, una centena larguísima de ostras rematadas con chucrut alsaciana con salchichas ahumadas de Montbéliard y de Estrasburgo, tocino, costilla salada, codillo y su montonera de patatas hervidas con una palangana de mostaza fuerte de Dijon, ¡qué tiempos de desmedido zampar! Cierro paréntesis. En el Rekondo, tras el atracón ostrícola, llegaba siempre su majestad la becada, abierta en carnes con su pico, sonrosada, con sus jugos desparramados sobre la vajilla y mezclados con la grasa del asado y esa tostada deliciosa refregada con sus tripas y sus cacas hechas crema.

Antes de que nos volviéramos retrasados mentales en la mesa, haciendo fotos y retratándonos en actitudes indignas, presumiendo de platillos e hileras de botellas, íbamos al restorán a gozar como gavilanes, dejando en casa o en el curro los teléfonos con su cable en espiral bien atados a la pared. Celebrábamos la vida, recordando tiempos pasados y planeando los venideros, sin necesidad alguna de presumir ni de restregarle a nadie por el morro lo que te metías entre pecho y espalda. A veces ponías en práctica tres de los siete pecados capitales, la soberbia, la avaricia y la lujuria, pidiéndole a Txomin que pusiera a remojar en agua esa botella vacía del López de Heredia Viña Tondonia Gran Reserva 1964 que te acababas de pimplar, para levantarle la etiqueta y llevártela chorreando a casa, pegada a un folio Galgo.

Rekondo es hoy una gozosa evolución de todo lo que les cuento, con la feliz circunstancia de su preciosa restauración y adecuación de las instalaciones para que la luz entre a chorro por los ventanales e ilumine sus manteles inmaculados. Está precioso, y el que desee masticar agazapado al abrigo de miradas indiscretas, tiene dos reservados a su disposición, uno en la planta principal y otro abajo, camino de la bodega. Lourdes es la jefa del cotarro y gestiona el negocio con oficio, bajando bien la muleta para calzarle una tanda de naturales largos y templados al respetable junto a Iñaki, sheriff de cocina y responsable al alimón de que todo brille y entusiasme a paisanos y forasteros. La fórmula es simple, cocina cuidada sin sobresaltos, escenario de lujo en el que te sientes un pachá de Kapurtala y una bodega única en el mundo. Allá disfrutas como “Bingo”, el mono que había en Igueldo, gozando con fritos, sopa de pescado, txangurro donostiarra, kokotxas de merluza al pilpil, chipirones tinta, arroz con almejas y pescados, chuletas a la brasa y tantos primores. Como el hijo pródigo, Martin Flea ha vuelto a casa y custodia los vinos del gran Txomin Rekondo, patriarca de esta institución legendaria. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Rekondo
Paseo de Igueldo 57 – San Sebastián
T. 943 212 907
rekondo.com
@rekondorestaurante
COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Clásico chic
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO *****/*****










