Desayuno de polígono

Cada vez que salgo de casa, vuelo al sur y me despido unos días de la báscula, ¡qué te follen!, ¡hasta más ver!, me siento el Vaquilla o el Lute, ¡camina o revienta!, cuando al franquear de mañana la puerta de un bar de polígono o tasco pureta, me meto entre pecho y espalda un desayuno de soldado de los tercios de Flandes con su cafelito en vaso, zumo de naranja y bollo prieto de pan, mollete o telera tostada que se sale del mapa refregada de tomate, pringosa de aceite de oliva virgen extra “al desprecio” y esas “chaflas” de jamón ibérico que se te caen dos lagrimones, ¡viva Teresa Rabal y su guitarra!

Sufro insuficiencia respiratoria cuando el asunto pasa a mayores y se abre el horizonte con la posibilidad de magrear lascivamente la miga con zurrapa de lomo, manteca colorá, paté de hígado de cerdo, sobrasada o todas esas maravillas de los tiempos de Curro Jiménez que cimientan la civilización occidental antes de la llegada de un fin del mundo que toma forma de pan de molde sin corteza con margarina, espantoso “muffin”, galletas sin azúcar o apestosa avena remojada en leche, ¡viva la grasa y la leche entera de vaca!, ¡viva Luís Carandell!

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