Picos Retorcíos

Les confieso que soy un tarado mental porque siendo crío, amenazado por las cuestiones de la fe y todos esas pajas chinas que escuchaba en misa, lo pasaba canutas cada vez que en una estampa de la colección de libros de pintura de mi difunto padre, imaginaba órganos sexuales y demás maravillas en cada pliegue de axila de las gitanas de Ignacio Zuloaga, o aún peor, en las cándidas e inocentes vírgenes de Bartolomé Esteban Murillo, ¡dios santo!, ¡qué pesadilla!, ¡asísteme, Nazario Luque!

Luego me hice apóstata por la gracia de dios y me sacudí la caspa, pero aún siento esa obsesa debilidad y pierdo el sentío cuando me planto ante el pliegue retorcido de un currusco de pan o de unos picos y regañás, la superficie quebradiza de una borona o esas trenzas maléficas de hojaldre tostado, ¡que Berenguel de Landoria nos socorra!

Me rechiflan estos retorcíos manufacturados en horno de leña con harina de trigo y centeno que se curran en el horno murciano San Ramón, pues son todo pelo y alegría, mamada y despelote, crujen de cabo a rabo y no puedes parar, ¡qué sinvivir!, enloqueces con la misma furia de la niña del exorcista, ¡avisen al Vaticano!

 

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