Cañas fritas

Me pasé media vida fabulando con las novelas de caballerías y los relatos de Álvaro Cunqueiro, que trasladó al papel con mucha hermosura aquella Galicia rural perdida para siempre. El escritor de tantos prodigios fue maestro en el embuste de hacernos creer que muchas de las ocurrencias salidas de su imaginación fueron reales y al revés, transformando la realidad en pura fantasía, ¡menudo mamonazo!

Así estuve años creyendo que la tarta de Mondoñedo no existía de veras, hasta que un día me la plantaron con un chupito de orujo de hierbas, ¡madre mía! También soñaba con las cañas fritas de Carballiño, siempre presentes en los banquetes que los señoritos ofrecían para festejar la asunción de la virgen, poniendo broche final a un desfile desproporcionado de truchas escabechadas, lacones trufados, sopas de cocido, merluzas y pastelones de anguilas, pichones rebozados en bechamel, gallinas en pepitoria, corderos asados, arroz con leche, requesón y tartas Colineta.

Los amigos de Cerviño las fríen a mansalva y las despachan recién hechas en cajas con su manga pastelera, para que viajen sin ablandarse y podamos comerlas crujientes, sintiendo esa mordida celestial, grasa y azucarada que da paso a un chorrazo de crema en vena. La pastelería española está llena de masas enrolladas en canutos de hojalata y fritas en aceite de oliva, pero las cañas gallegas se llevan la palma por su extraordinaria factura, finas y delicadas, ¡viva Fanto Fanitini della Gherardesca!

www.confiteriacervino.es

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