Calamares

Fui un niño zampabollos y nunca olvidaré las increíbles bandejas de calamares del “Rafael” hondarribitarra, que salían desde la cocina a pares y desbordantes, pues en un solo domingo para el aperitivo eran capaces de freír tantos que amenazaban con extinguir la especie de los fondos marinos.

Enganchados como piñas con unas pinzas, pegados unos a otros, te los plantaban sobre la barra a una temperatura de fusión superior a la del uranio.

Soy tan cerdo que me gustan hasta los recauchutados que venden congelados y se regeneran en horno y freidora guarra y bien cierto es que en su manufactura se le ve el plumero al cocinero de turno que quiere darte gato por liebre y es un marrano, o tan tiquismiquis que logra una obra de ingeniería perfecta.

Los que sirven en el “Patri” bilbaíno se salen del mapamundi, están paridos por la mente calenturienta de Martín Berasategui y son ligerísimos, delicados y adictivos como las drogas blandas. Me gustan tanto los calamares que no me importaría morir sepultado bajo una montonera de ellos, bien pringados de salsa alioli, ¡adiós mundo cruel!

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