Una casa rural de ensueño

Este caserío se levantó a principios del siglo pasado como vivienda para la familia del caserío “Landaburu” del barrio beratarra de Malet, en la subida a Lizuniaga, pero terminó convertido en cuadra y borda para bestias. Hoy es el mejor agroturismo, hotel rural o como quieran llamarlo en el que jamás dormí, un auténtico despropósito. Gorka es su propietario y se enamoró del lugar veinte años atrás, cuando subió hasta allá atravesando una pista cerrada llena de zarzas y se plantó ante un pequeño caserón de tres plantas al pie de una peña. Se quedó petrificado. Orientado al sur, con vistas espectaculares y una increíble sensación de paz, cayó perdidamente enamorado del lugar. A los pocos meses supo que se vendía, hizo su oferta y lo compró, ¡bingo!


Se puso en marcha para parir una casa rural, que ha convertido en el proyecto de su vida. Había dormido en muchas partes, hoteles del copetín o alojamientos más sencillos en compañía de colegas y familia y concluyó que su espacio soñado giraría alrededor de la comida, como eje principal. Menudo fenómeno. Llegar y que el frigo esté casi en la puerta y metas la compra y las birras al fresco y tropieces con una mesa de buen porte y una encimera para dejar los víveres y las cajas de vino. No puede ser más práctico el chaval. Quería que sus huéspedes abrazaran de un salto fogón, comedor y parrilla, porque le repatea que el cocinero curre y todos los demás miren o estén forrándose a cañas en el salón, así que Landaburu gravita alrededor de la cocina para que todo pichichi arrime el hombro sin rechistar.


Pasó todas sus teorías a papel con su colega arquitecto Jordi Hidalgo, un amiguete de la universidad con el que hizo de chaval rutas por todas las ciudades por las que iban de farra, visitando obras de arquitectos de referencia. Se pusieron manos a la obra y sudaron sangre para parir juntos Landaburu, rematándolo como se merecía. Entre permisos, acometidas, acondicionamiento de pista, cimentación, construcción y remates, la aventura duró ocho años. Curraron sin plazos para salvaguardar el caserío original y mantuvieron su fachada de piedra y su esencia para que albergara las cuatro habitaciones dobles, proyectadas con un gusto paranormal. Y vaciaron el monte para construir un cascarón soterrado de hormigón en el que alojaron salón, cocina de otra galaxia equipada mejor que la de mi casa, comedor y una terraza cubierta con parrilla. Ocultaron las zonas comunes para que el viejo caserío siguiera siendo el solitario protagonista del paisaje.


Ahora les entretengo yo con mi experiencia en casas rurales y demás alojamientos a los que llegas con amigos, te instalas, echas unos días y les confieso que después de pasar por un ciento, no encontré uno solo cuidado con mimo. El que tenga tienda que la atienda, decía mi padre. Si sus propietarios pasaran unos días con sus familias instalados en sus propios negocios, se darían cuenta de que colchones y almohadas son infumables, que las cocinas están mal equipadas, rancias, descuidadas y con sartenes más quemadas que la pipa de un indio, presión de agua lamentable y una caldera descoyuntada que se lamenta como una ballena varada a punto de palmar. Nunca falla. Si alguno se molesta, que frote su negocio con sosa cáustica. Landaburu es otra fiesta, confortable, hermoso, cuidado al detalle y hecho un primor, destila desde el primer minuto confianza total por el cliente, que no da crédito al despliegue de utillaje, tumbonas, despensa surtida como la de una tienda elegante de ultramarinos, especias, cazuelas, refrescos, vinos, pucheros, fuentes de barro de Pereruela, roscos de gas, butano, paelleros, carbón, montañas de leña y un armario con relucientes botellas de ron, brandy, whisky, ginebra, vermús o lo que puedas imaginar. Es una casa montada por gente buena y generosa para clientes zampones y disfrutones. Si eres rancio, lelo, tieso o un perezas, ni aparezcas. Todos los extras que consumas, dejas la voluntad en un frasco y santas pascuas. La casa se alquila completa, entran cómodamente hasta doce personas y es un auténtico despelote, un vergel. Vayan si quieren desconectar del mundo y sentirse bien y de paso dense un garbeo por los pueblos del entorno, que son una hermosura y en esta época del año están llenos de macizos de hortensias en flor y terrazas para tomar el aperitivo. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Landaburu borda
Kaule Auzoa – Bera
T. 608 832 079
landaburuborda.com
COCINA Tú te lo guisas, tú te lo comes
AMBIENTE Campestre modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia / Negocios
PRECIO *****/*****










