Club de Golf de San Sebastián

Naturaleza y señorío
En su comedor te sientes Seve Ballesteros aunque juegues al golf como un paquete

En muchísimas ocasiones les conté que mis padres trabajaron como mulas para sacar a sus cuatro hijos adelante, así que podrán imaginar el esfuerzo calórico que tuvieron que hacer para alimentar a cuatro bocas tan feroces como la mía. Suelo ponerme en su pellejo muy a menudo y da vértigo pensar en la zambomba en la que estuvieron metidos ocupándose de nosotros, pues desde que empezaron a limpiarnos las cacas hasta que nos licenciaron, vivieron en un terremoto vital de gasto económico de gran magnitud en la escala Richter.

Así que como de hijo bien nacido es ser agradecido, reconozco públicamente que si Marilén y Jorge no hubiesen tenido descendencia, el destino les habría privado de estas coloridas y bien hiladas crónicas gastronómicas y todos ustedes serían muy infelices, pero ellos se habrían ahorrado una cantidad de pasta tan increíble como el tesoro que Alí el persa dice que esconde el anverso de la luna, inventariado en pública escritura por maese Atxaga, “(…) mil carneros, jardines llenos de árboles, flores, viñas, dos pellizas, vacas, dromedarios de carreras con sus hembras, bueyes, esclavas abisinias, turcas, curdas, chinas, todo el Irán, la ciudad de Cufa, Gaza, Dameta y Assuán, el palacio de Soleiman y todas las tierras tostadas entre la India y el Sudán”.

Para no entretenerles más con mis fabulaciones y llevarles de la mano hasta el restorán del Club de Golf de San Sebastián, en Hondarribia, ¡curiosa paradoja!, les diré que celebré mi primera comunión en sus instalaciones y recibí encantado a dios a cambio de un balón de reglamento y una camiseta como la de Luis Arconada, mi héroe de infancia. Mis padres, una vez más, nos hicieron socios del Club para poder deshacerse de nosotros y currar como tigres bengalíes y utilizaron su guardería para que nos entretuvieran jugando a pala, haciendo aguadillas, comiendo bocatas y chupando polos de hielo hasta que la lengua se nos tintaba de rojo bermellón.

Luego, como a todos los chavales que por allí anduvimos, intentaron que jugáramos al golf, deporte malvado como pocos que pone a cada uno en su sitio, que quiere decir que por mucho que lo practiques te tiene cautivo y de mala leche para el resto de tus días, siempre y cuando no te lo tomes muy en serio. Así que aprendí a reírme de la bolsa de palos desde la primera hucha hasta el último golpazo que recuerdo haber metido en calle, después de rebotar en siete ramas. Al contrario que en otras tareas de la vida, en las que prosperas si te aplicas fuerte, el golf es inquietante y te susurra en cada giro que eres tonto e incapaz, así que lo mejor es dedicarle mucha atención al paseo y disfrutar del paisaje.

O mejor aún, acelerar el paso para que fluyan los partidos del campo y no detenerse como un tarado en cada golpe, con esas rutinas que algunos ven a los profesionales y convierten el ejercicio del golf “amateur” en una pesadilla. Una vez aparcada la bolsa, péguense una buena ducha y salgan pitando rumbo al bar o a sus instalaciones hosteleras, en las que podrán sentirse Gary Player o Severiano Ballesteros aunque en el campo no hayan hecho más que pegar rabazos. Sentados en su fabulosa terraza o en sus confortables sofás, podrán premiar su “inutilidad” deportiva con una buena ensaladilla, calamares, la clásica e insuperable banderilla de huevo cocido, mahonesa, gamba y aceituna o un pincho de tortilla de patata, siempre jugosa y clavada de punto, servida por unos extraordinarios profesionales con más paciencia que el santo Job. Mientras Marta y Juan pilotan los fuegos, Ángel, Simón, Adrián o Josetxo están al cargo de los mandos de la barra y los cañeros, tratando con rapidez a la clientela sin caer jamás en el compadreo habitual de la hostelería contemporánea, ¡pedazo de equipo!

Javier Domingo se preocupa de que allá se coma y se beba como nunca jamás, así que si son ustedes de la liga de la cocina simple y bien condimentada, Jon Marie Grao, jefe de cocina, y todos sus compinches, Xabier, Juan, Asier, José Cruz y Eduardo trabajan bien de mañana para que las lentejas bailen con su chorizo, las ensaladas estén lozanas y bien aliñadas o un simple escalope con patatas le de un buen giro a una mala mañana. El servicio de sala, capitaneado por el gran José María Otaño, lleva toda una vida de atención al respetable, siempre solícito y entusiasta ante cualquier sugerencia, así que sentirán su mano y la de su gente, Ibi, Arantxa, Sergio, Iñaki y algunos más que olvido involuntariamente en el tintero y que espero sepan perdonarme. Todos, empleados de un Club que se esmera en limpiar, fijar y dar esplendor a sus instalaciones, atendiendo y cuidando a los que vamos por allí de vez en cuando a echar un trago con los amigos.

Golf Hondarribia
Chalet Borda Gain – Barrio de Jaizubia – Hondarribia
Tel.: 943 616 845
www.golfsansebastian.com

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia / Negocios
PRECIO Alto – MEDIO – Bajo

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