Landa

Oasis de carretera
Ansia viva por detener el auto y gozar y beber como un tigre bengalí.

La última vez que les hablé del Landa burgalés les conté nuestra odisea familiar cada vez que viajábamos a los madriles en un Seat 131 Diplomatic cargados de paquetes, como en las películas de Paco Martínez Soria. Mis padres preparaban aquella odisea con la misma meticulosidad con la que el capitán Ahab llenaba las fauces de su ballenero Pequod, en una obsesiva y autodestructiva persecución del gran cachalote blanco. La misma víspera, antes de irnos a dormir y encomendarnos a los dioses para llegar sanos y salvos a destino, mi madre preparaba unos bocadillos poco apetecibles que eran el más perverso y cruel antídoto contra la gula y la lujuria.

Todos sabíamos que aquellos triángulos envueltos en papel de plata evitarían lo que con tanto ahínco deseábamos, que no era otra cosa que detenernos en el Hotel Landa a almorzar o a tomar el aperitivo, igual nos daba, pues la sola visión de sus huevos fritos con morcilla retostada elevaba nuestra testosterona hasta refreírnos la sesera y convertirnos en locos y agitados primates de zoológico. Así, elevábamos nuestras plegarias al altísimo creador para que nuestra madre olvidara las fiambreras en el rellano de la escalera o en la nevera y pasábamos parte del viaje haciendo reiki entre los hermanos para que una fuerza superior detuviera el automóvil en el establecimiento que hoy nos ocupa.

Parecía cosa de meigas, pero les juro que la Biodramina que nos adormilaba desde el Cola Cao del desayuno para evitar el mareo, surtía efecto hasta el momento justo en el que cruzábamos el peaje de Burgos, pues aparecía la catedral allá en la lejanía y como por arte de magia, nos despertábamos agitados ante la posibilidad de detenernos a almorzar unos huevos o un pepito de ternera con sus ajitos. Para que se hagan una idea, semejantes golosinas se apoderaban de mi mente en una especie de destello con forma de haz luminoso, similar al del espíritu santo sobre la virgen en el extraordinario cuadro de La Anunciación de Fra Angélico, que parece un trabajo realizado en el cielo por su brillo y su meticulosidad.

Así las cosas, les recuerdo de nuevo que el Landa abrió al público sus instalaciones en 1959, ahí es nada, de tal forma que varias generaciones de viajeros hemos repostado allá y nos hemos detenido soñando al volante con su barra, sus terrazas, su coqueto restorán, sus habitaciones, o mejor aún, su descomunal e inigualable piscina catedralicia, digna de un papa Borgia. No crean ustedes que aquello es un establecimiento de carretera cualquiera, pues ya fue concebido con la intención de agradar a sus clientes con la misma calidad que encontraban en los mejores y más punteros establecimientos de entonces.

Jesús Landa abrió un sencillo restorán con grandes aspiraciones, como correspondía al miembro de una familia con tradición hostelera de calidad, pues su padre Escolástico fue cocinero en el club Puerta de Hierro de Madrid y en La Perla donostiarra, y su hermana Ángela fue autora de grandes recetarios como “A fuego lento” o “El libro de la repostería”, que son libros que muchos atesoramos en casa. Así, poco a poco el Landa y su buena reputación se ampliaron, incluyendo un estupendo bar, hotel y hasta una torre medieval del siglo XIV trasladada piedra a piedra hasta allí desde el pueblo burgalés de Albillos en 1964.

Muchos años después de su apertura, podemos encontrar aún vigentes y con más garra sus signos inequívocos de calidad, a la sazón, servicio eficaz que recuerda con brillo en los ojos tu última visita, solera, belleza y detalle en las instalaciones, y lo que es más importante, productos locales tratados con mimo y poca concesión a la tontería. Recréense en sus distintos ambientes, pues dependiendo de la prisa que uno lleve podrán detenerse más o menos tiempo en su comedor, barra, terraza, porche acristalado o piscina, pues si llevan bañador en el equipaje, podrán comerse un asado y darse un chapuzón con una copa de Ribera del Duero.

No hay mayor gozo que aterrizar a hora temprana, sintiendo el olor del café molido, el croissant recién horneado y las chispas del zumo de naranja, pues es un verdadero deleite franquear el umbral de la puerta y comprobar que las mesas del fondo y su bancada corrida están libres, ¡eureka! Reúnen a una variopinta clientela, desde estirados o nerviosos ejecutivos de corbata que se conforman con un simple consomé hasta cazadores de paso y tripones o funambulistas que anudan su servilleta al cuello y le dan al pan, al unte y al chupe cosa fina, picoteando raciones de albóndigas o pimientos, hincando el diente a algún bocata lujurioso. Son valor seguro las croquetas, las empanadillas, las ensaladas ilustradas, los escabeches o el embutido. De su carta, destacan especialidades como la sopa de ajo con huevo, el bacalao con pisto, las lentejas, ese chorizo que al pincharse escupe grasa y hace por igual las delicias de chóferes y reyes, o su tiernísimo cordero lechal asado en horno de leña.

En dulce son campeones del mundo, pues la partida de pastelería del complejo compite en maquinaria y recetario con las grandes casas que son capaces de fraguar todos los días sus propias masas, galletas y confites: milhojas, canutillos de hojaldre, franchipanes, brioches, palmeras, yemas o las inimitables reinosas, caracolas, rosquillas de sartén y magdalenas.

Landa
Carretera Madrid-Irún km. 235 – Burgos
Tel.: 947 25 77 77
www.landa.as
Contacto: Iñigo Rodríguez 666 571 015

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre elegante
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia / Negocios
PRECIO 60 €

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Un pensamiento en “Landa

  1. Jesus Arregui

    Solo añadir a tanta verdad que para los que disfrutamos de la tortilla de patata, que prueben a esas horas tempranas que Jorge cuenta la tortilla recién hecha según se pide, en una pequeña sartencita. Con un buen café …

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