
El feudo de Montserrat, Joan y Arnau

La invención de la máquina de vapor permitió que el currela pudiera continuar sus labores erguido y bien derecho, aunque vete a saber, alguno discutiría el asunto demostrando que la revolución industrial nos ha convertido en esclavos de la nómina, la hipoteca y ese consumismo voraz que nos asalta desde las pantallas. Antaño si no querías gastar te quedabas en casa y no salías de tiendas, ajeno a la tentación de los escaparates. Vamos de mal en peor. Imagino que el invento del ocio masivo será asunto reciente, toda esa mandanga de playas reventadas de gente jugando a pala o esos parques de atracciones paridos por el diablo, llenos de ruido, vértigos y sacudidas.

El único parque que mola es el que echas mantel por tierra para merendar y tiene caño cercano para refrescar botellas. El de Igueldo tiene un pase porque sus atracciones son un gabinete de curiosidades paridas por un alma cándida, la montaña suiza es risible, es imposible hacer daño en los autos de choque e imaginas mecanismos ocultos accionando muelles, resortes y piñones que moverán muñecos y cacharros desvencijados. De crío me parecía una farra dar pienso a los patos de las murallas de Hondarribia o salir pitando delante de los cabezudos y las vaquillas. Una vez me llevaron al parque de atracciones de Bilbao y casi palmo del susto y otro día, pasando con amigos en coche frente a Disney Orlando, votamos a mano alzada entrar o no y salió no. Desde entonces presumo mucho de colegas.

Acabo de pasar unos días en un parque de diversión cercano a Tarragona y casi palmo. No escribo el nombre porque me mareo solo de pensarlo. Es el paraíso de las colas. Todo es feo, triste, desolador, apelmazado, descolorido, grotesco, mustio y ruidoso. Lo mejor, la cara de felicidad de los críos, excitados como monos gibraltareños ante semejante desparrame. Con la gente que quieres, yo lo paso bien hasta cargando furgonetas, así que nada más que añadir, señoría. Un último apunte antes de contarles que un mediodía salí escopeteado a comer en Can Bosch, acelerando el coche como Thelma y Louise buscando la libertad. En este parque innombrable se come fatal, todo está muy malo y la peña lleva semejante sobredosis de fatiga que engullen lo que pillan y listo. Imagino a la propiedad estrangulando costes, ¡malditos fondos de inversión!, no quisiera estar en el lugar de los responsables de cocina y sala, ¡ánimo equipo!

Voy cerrando el artículo en Cambrils, localidad vecina a este infierno en la tierra. Paré en Can Bosch, feudo de Montserrat, Joan y el electrónico Arnau, tercera generación que se bate el cobre a escasos metros de la playa. Lourdes, madre de Joan, abrió esta esquina al público en 1969 con la ayuda de su hijo en sala, atendiendo una tasca en la que servían especialidades fraguadas al fuego con el material que su marido Joan Baptista traía en su lancha, pescados y mariscos multicolores. Petaron la cabeza de los clientes locales guisándoles suquets, zarzuelas, calderetas y un arroz negro que se hizo popular por su finura.
El resto de la película es la clásica pelea de superación de una familia que ha ido levantando un templo plato a plato, cliente a cliente. Joan se metió con treinta y tantos en cocina en aquellos años del destape, dándose un voltio por muchos templos de la novísima cocina de entonces, pillando ideas y poniéndose al día, convirtiendo su humilde local en un pedazo restorán con su estrella Michelin, lograda en 1984. Lleva unos años de nuevo en sala con su chica Montserrat, “no te retira la edad sino la salud”, dejando que su hijo Arnau vista la chaquetilla y organice las partidas y el comandero. Lo bordan y el lugar es una fantasía, un templo hostelero en el que curran todos a una, como en Fuenteovejuna, ofreciendo especialidades que se salen del mapa: calamares romana con mahonesa y romesco, mejillones de roca, canaillas, navajas, langostinos de la Rápita, cigala y gamba roja local, espardeñas al ajillo, sepietas a la brutesca y platazos como tártaros, cocas, pescados asados y guisados, cap i pota o callos guisados con garbanzos, pata y morro o unas morillas rellenas que parecen salidas del fogón de Santi Santamaría o Pierre Troisgros. Todo lo hacen con clase, oficio y nobleza. No se salten los postres, estratosféricos. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Can Bosch
Rambla Jaume I 19 – Cambrils
canbosch.com
@canbosch
COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia / Negocios
PRECIO *****/*****










