Kiki

Un bar del Antiguo con patrón casta

Kiki Escobar es un clásico hostelero donostiarra que lleva toda una vida detrás del mostrador, viendo a clientes ir y venir del brazo de hijos, hijas, esposos, queridos o queridas, pues el chaval sabe latín y vale mucho por lo que calla, ofreciendo fogón y botillería para iluminar el ojo a cualquier mindundi o reyezuelo. Cuando alguien de mucha confianza me pide consejo para comer en mis dominios, nunca falla la recomendación del “Kiki”, definido en mis notas del teléfono como “bar en el barrio del Antiguo con patrón casta”. Nada más que objetar. Para los más curiosos, les diré que el mismo párrafo continúa así, “… la mejor terraza de Europa es el Espacio Oteiza de Pedro Subijana y una pequeña gran casa, el Agorregi de Igara”, que está bien cerca y no visito hace mil años. Bea y Gorka sabrán perdonarme.

Me senté por primera vez en Kiki hace mil años, invitado por mi amigo Fernando Garate, un tipo que disfruta viéndote comer y deja para los demás la última patata frita de la bandeja, ¡aúpa Eibar! Luego lo he visitado de pascuas a ramos porque no lo tengo a mano, pero si viviera en el barrio no me sacaban de allá ni los de la Brunete con sus acorazados. De vez en cuando me escapo con Sabino, compañero de travesuras de adolescencia del patrón, y nos pimplamos un negroni o una botella de vino con las cumbres mayores de su barra, raciones vinagrosas, gildas, los clásicos huevos ensartados en palillos con mahonesa y golosinas deliciosas, aceitunas o gambas, ensaladillas o esas frituras que dominan como nadie, croquetas, gabardinas o demás empanados o rebozos que hacen puntillas de huevo al freírse.

La grandeza de Kiki es que su comedor sirve para tramar movidas buenas y malas y allá puedes poner a parir al que se lo merezca, cotillear, planear atracos o golpes de estado en la comunidad de vecinos, celebrar la comunión de una nieta, juntarte con amigos a contarse batallitas de la mili o reunirse con amigas para descojonarse de todo lo que se menea, mientras los maromos pierden el tiempo en Anoeta, San Mamés o en la sociedad recreativa “Los Perlones”, guisando marmitako o chipirones y dejando todo hecho unos zorros para “la” que limpia, “aquí somos todo hombres y las mujeres solo entran a fregar”, que es el típico comentario de impresentable maleducado que me pone del hígado. No se hace la cama o mete en el lavavajillas ni Bartolo, y así nos va. Si alguno se da por aludido, que se meta un fin de semana en sosa cáustica.

Cuando murió mi suegra Ceci llamé a Kiki e improvisó una mesa para un ciento en cero coma, y esas son las cosas que jamás olvidas, pasar de la oscuridad de un tanatorio a la luz de la mesa de un tasco porque un hostelero tiene raza y te hace hueco para curarte las miasmas. A Eli nunca se le olvida y cada vez que lo ve, repite incansablemente que es un fenómeno. Eso es el oficio, aliviarte los dolores chungos con una mesa bien surtida, porque no soporto los restoranes como templos de meditación ni de experimentación de conexiones neuronales. Me ponen palote los que sirven vino, fríen croquetas, cortan jamón y reparan la sed y el apetito voraz, alegrándote la existencia. Estoy hasta las pelotas de intensos que quieren pasar a la posteridad explicándonos grandiosidades, como si fuera fácil guisar rico y valiente.

Vayan y gocen en esta casa viendo al patrón meneando vermús con la misma destreza que Alcaraz golpea la pelota, despachando sus raciones. El ingenio incluye platillos como pastel de hongos con americana, ensalada de bogavante o de vieiras, arroz con almejas, sopa de pescado o zamburiñas gratinadas con su manto de salsa holandesa. La cocina la pilotan dos cocineros como la copa de un pino, Joserra e Iñaki, que tienen el culo más pelado que Pérez Reverte en la Nicaragua de Anastasio Somoza. Guisan txangurro a la donostiarra, chipirones en su tinta, kokotxas de merluza al pilpil, rabo al vino tinto o callos y morros con su pata de ternera. La plancha también escupe metralla achicharrando gambas blancas de Huelva, rapes, chuletas o medallones de solomillo, ocultos bajo lonchas de foie gras de pato tostado. Siempre hay sitio para una torrija, una cuña de queso o un par de bolas de helado, echarse un café, fumarse un habano y trincarse un digestivo en vaso corto, brindando por profesionales como Alfredo, un estilo de hostelero en peligro de extinción. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Kiki
Avenida de Tolosa 79 – San Sebastián
T. 943 317 320
@kikidonosti

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Bareto elegante
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia / Negocios
PRECIO ****/*****

Deja un comentario