La Azotea

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Garito pequeño pero matón.

Para comer en Sevilla con arte, mucha suculencia y tronío verdadero.

Desde que era chaval y un pedazo de zote incapaz de dar tres pases seguidos a una pelota, el fútbol me la repampinfla cosa fina, a pesar de admirar las gestas de Atocha lideradas por aquella mítica alineación que tantas alegrías dio a Tina la de Yanci. Me dicen que hay un himno sonoro de un equipo que canta aquello de “sevillista seré hasta la muerte”, y a pesar de que les deseamos que Dios les conserve la salud y los goles, me tomo la licencia de mangarme el estribillo para declararme fervoroso seguidor, no del equipo de fútbol en cuestión, sino de la ciudad que lo acuna, ¡ay, Sevilla, todo en ti es pura maravilla! Y con este cursi pareado, me marco yo un zapateado, ¡y olé!

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Cuando uno va a Sevilla, lo primero que hace es alucinar con su luminosidad y con ese olor tan característico que mezcla el perfume de la toronja, el azahar y la mierdaca de caballo con una majestuosidad impensable por otros lares. Si uno se planta allá lo habitual es darse un voltio por los monumentos emblemáticos, como la Catedral o los Reales Jardines del Alcázar, patearse el barrio de Santa Cruz, desayunar un molletito en la Plaza de la Alfalfa, subir a un coche de caballos, darse un chapuzón en alguno de los baños árabes o tomarse unas tapitas de marisco y ensaladilla, que conforman algunos de los “top guiri” de la ciudad que nadie debería perderse.

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En muchas ocasiones les hablamos en estas páginas de esos clásicos que nos pirran tanto por allá como la Bodega Antonio Romero, La Bodeguita Casablanca, Tradevo, Jaylu, Casa Eme, El Rinconcillo, Luz de Mar, Mariscos Emilio, La Flor de Toranzo, Tribeca y todos esos garitos que sirven como nadie la cocina andaluza de raíz, porque no existe tapeo y comida de pie tan pelotuda en el mundo mundial como la que se sirve en Andalucía y en Sevilla en particular. Eso es así.

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Si ustedes ya son asiduos a la causa, de vez en cuando vale la pena salir de los lugares habituales y adentrarse por nuevos senderos. Así que aquí va mi recomendación de hoy, enfilen la calle Zaragoza y justo antes de llegar a la ilustre jamonería Flores, ahí se darán de bruces con La Azotea, que también tiene otros locales de igual nombre diseminados por la ciudad.

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No se lleven a engaño, la azotea no es azotea, ni tiene balcón, ni mirador, es un bajo y un garito pequeñín, pero coqueto y agradable. Uno de sus encantos radica en que no es el típico sitio repleto de turisteo a tutiplén, pues los que allí paran son en su mayoría gentes del barrio que gozan como gochos de la Dehesa con una comida pelotuda y un servicio que no puede ser más amable, simpático y diligente, ¡así da gusto oigan!

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Si echan un ojo al fondo de la barra observarán una cocina estrechita cargadita de profesionales y a su lado una vitrina que luce unos mariscos y pescados de escándalo, pargos, doradas, acedías, carabineros… peleando por ser escogidos y asados como dios manda, o fritos, o simplemente hechos en la sartén, vuelta y vuelta, con un saborío de impresión.

El fondo de armario lo dominan de maravilla, todo lo básico es de nota alta, embutidos e ibéricos de campeonato, ensaladilla de infarto, puntillitas bordadas, un tataki de atún para subirlo a los altares, un tártaro de salmón de llorar con hipo y un pulpo a la gallega pringado de puré de patata de verdadero rechupete.

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Triunfan como la Coca-Cola los paqueticos de pasta brick rellenos de queso con gambas, tope sabrosones, la merluza envuelta en tortillita de camarones con mahonesa de piparras, el revuelto de ortiguillas con patatas paja, los carabineros asados con su gota de elegante oloroso en su cabecita loca y toda su oferta de carnes, ya que cuentan con un proveedor de esos que valen un potosí. Las carrilleras ibéricas al vino tinto con queso gratinado están para untar pan y no parar y la chuleta de lomo alto gallego que comí a altas horas de la madrugada, a un vasco, le puede dejar mudo y quieto parado, al igual que el solomillo y las pequeñas Rosbif-Burguer, que tienen una mordida fetén.

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Juan Gómez Ortega, el sheriff de todas las Azoteas, junto con su encantadora mujer Jeaninne y Daniel de la Cueva, el pedazo de encargado que maneja el timón de la calle Zaragoza, ¡menuda casta tiene el tío!, se esfuerzan por atesorar lo mejor de cada temporada, sea producto sureño o de dónde mandangas tengan que traerlo, así que no se extrañen si les ofrecen unas anchoas de Santoña de las de hacer la voltereta, unas piparras norteñas resueltas con mucho oficio o unos guisantitos lágrima en primavera de puro vicio.

Dependiendo de las ganas o el tiempo que tengan para entretenerse, lo mismo pueden comer en la barra, en las mesas altas o sentados, con algo más de sosiego, pero fuera como fuese, a buen seguro se irán con una sonrisa de bobalicones fuera de serie, máxime si antes de despedirse se meten entre pecho y espalda uno de sus pasteles chorreantes de chocolate o un sorbete de vainilla perfumado con palo cortado de Lustau de los que levantan la tapa de los sesos. ¡Viva la vida!, ¡y el Palacio de Las Dueñas!, que por cierto lo abrieron ya al público y podrán visitarlo para bajar la comida en agradable caminata, ¡viva doña Cayetana de Alba!

La Azotea
C/Zaragoza, 5 (41001) Sevilla
Teléfono: 954 564316
Email: azoteasevilla@gmail.com
Página web: laazoteasevilla.com
Cierre: no cierra

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca Modernita
¿CON QUIÉN? Con amigos
PRECIO MEDIO: 40-50 €

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2 comentarios en “La Azotea

  1. Cecilia

    Hola, quería preguntar, lo de «comida pelotuda» no lo entiendo, que queres decir? Es un insulto, pero recomiendas el lugar, en qué quedamos?

  2. Ramon Redondo

    cecilian en espana pelotudo no es un insulto es un sinonimo de «cojonudo» o estupendo»

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