
Restorán familiar en Buitrago del Lozoya
Les cuento una película como de mi madre y es que tengo en casa unas bolsas preciosas de loneta que me hizo a medida mi amigo Tony el de Ubrique, con asas y remates de cuero que con el uso estaban guarras. Así que intenté llevarlas a algunas lavanderías y nada de nada, no se atrevían a meterles mano por si desteñían, encogían y movidas varias. En alguna me contaron que tenían denuncias y amenazas de peña pirada que puso el grito en el cielo por chorradas, y que no se arriesgan porque si luego te tira la sisa, aparece el abogado. Menudo panorama. Me crie rodeado de costureras y mujeres haciendo apaños, lavando telas con jabón Lagarto y sugerí “lavado en seco”, que consiste en remangarse y que algún espabilado le de unas refriegas buenas con el material adecuado. Pues nada. Ahí las tengo, antes en una lavandería te metían a ti en el tambor y te lavaban con centrifugado, si hacía falta. Ahora todo es “no se puede”.

Arranco esta crónica en plan “Señorita Pepis” contándoles esta monserga para celebrar que todavía haya locales como este de Buitrago del Lozoya en el que tienen suficiente manga ancha para atenderte como te merezcas, si llevas prisa, necesitas intimidad, quieres pinchar algo o liarte la manta celebrando unas bodas de oro, plata o la comunión de tu hija. Da mucho gusto visitarles. Todo “se puede”. Comerse un lechazo en las mesas altas de la barra o hacerlo en el comedor, con mantel y servilleta. Te improvisan un bocadillo, te fríen unas croquetas y te las sirven en la terraza o te apañan una ensalada de pimientos rojos asados con ventresca, si estás en plena “operación bikini” y no tienes el cuerpo para tocino, grasa y fritanga.
Son un asador de tomo y lomo que ofrece ese picoteo rápido o un comedor acristalado si tienes tiempo para masticar despacio, son timbre de gloria de esa hostelería normal y “disfrutona” que se lo curra para conseguir meterse en el bolsillo al cliente. Los fines de semana se llena hasta la bandera porque los urbanitas estresados corren a la sierra a relajarse y remojarse como torrijas en la tranquilidad del pueblo, llenando de bullicio la plaza de la Constitución, ¡qué gran capital son las casas de comidas familiares que colorean nuestra geografía! Hartos de los sándwiches de Rodilla y de comer de mala manera en la furgoneta, en el cuartito del microondas de la oficina o en el bareto guarro de la esquina con el runrún de las prisas y los bocinazos, se entregan a los brazos de los soberanos huevos rotos con jamón o chistorra o las croquetas de cocido, fraguadas con una bechamel currada a golpe de varilla.

Sirven otras maravillas como la retostadísima morcilla de Burgos, churruscadísima por sus dos caras, saltean y fríen mollejas de cordero lechal, torreznos de Soria y planchean orejas de guarro. Están orgullosos de su horno de solera de piedra y ladrillo refractario y Susana, Joaquín, David y Jose siempre me riñen porque no hago demasiado hincapié en mis crónicas de la fabulosa habilidad que tienen para bordar el clásico asado castellano de lechazos y lechonas. El cuchareo incluye judiones, sopas castellanas y callos con pata de ternera y manejan carnes de primera de explotaciones cercanas, así que sirven buenos filetes, chuletas, entrecotes y solomillos. En mis viajes mensuales de ida y vuelta a grabar mi sección en El Hormiguero, les confesaré que suelo parar muy poco en el aristocrático Landa porque no atienden la barra y echarse un café supone media hora, entre aparca, desaparca y camarero tráigame la cuenta. A veces paro en El Alfoz, que son muy majetes y se lo pelean duro, pero largan unas chapas insufribles. Y harto ya de los cafés guarros de gasolinera pagados a precio de Chateau Margaux, suelo detenerme en el bar del Círculo Católico de Obreros San José de Lerma, que tiene el baño hecho un barrizal y sirve tortilla espantosa y cuatro magdalenas resecas, pero tiene solera, raza, tronío y está lleno de fotos de toreros, carteles de corridas y peña jugando al dominó, mientras Arguiñano suelta su sermón dominical en el televisor puesto a todo trapo. Mato por los bares de pueblo, porque están en vías de extinción. No me vengan luego con la brasa de que pararon y no les gustó, porque estamos hablando de Las Murallas de Buitrago, bastantes kilómetros más adelante. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.
Asador Las Murallas
Plaza de la Constitución
Buitrago del Lozoya – Madrid
T. 91 868 04 84
COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca de pueblo
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia
PRECIO ****/*****










