Alberca

Coqueto restorán en lo alto de Trujillo

 

José Luis Garci es un maestro de la belleza del blanco y negro que detiene el tiempo y no entretiene como el color, parido por el diablo, pues afinas tu oído centrado en los diálogos o en las volutas del tabaco, si alguno en escena enciende su pitillo. Todo va tan aprisa y es tan veloz que nos estamos volviendo unos “sinsorgos”, que era un palabro que le encantaba a Marilén, mi difunta madre. Todo lo queremos resumido, encapsulado y “para comer ya”, pocos tienen paciencia para que le envuelvan el bollo suizo e ir comiéndolo despacio, paseando por la calle. Es un espanto. Huyo de los libros de cocina a color llenos de chefs con miradita empotradora, paso de series televisivas de rabiosa actualidad y escucharía radio en onda media con sus boletines, minutos musicales y locutoras peinadas con laca Elnett.

Tendríamos que recuperar la carta de ajuste y pagaría por envejecer la parrilla informativa para que fuera tomando aspecto como de Bobby Deglané o Alfedo Amestoy, que ojalá guarde la salud muchos años más, porque vive y colea. Les recomiendo vivamente que lean, jueguen al parchís, pelen la pava con la vecina o saquen la silla al rellano de la escalera, como hacían nuestros padres en los años locos del destape y del tambor de jabón Colón, “busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”. Nos vendría bien una terapia de desaceleración de ondas electromagnéticas modernas pasándonos al consumo de ondas viejunas de frecuencia alta o VHF y ultra altas o UHF, así que sintonicen el archivo de Radio Televisión Española, que es un fantástico “Tonopan” para aliviar las migrañas mentales.

Centro mi crónica para contarles que viajamos a la localidad cacereña de Trujillo y a un restorán que es rara avis en una localidad borracha de hostelería peleona, pues por allá pasan guiris y muchos te tiran la comida o te atienden con cajas destempladas, si alguno se da por aludido que se refriegue con sosa caustica. Alberca lo abrieron los padres de Mario en 1997 y toma el nombre del vecino aljibe árabe que atesora la parte alta del pueblo, cerca de la puerta de San Andrés. El chaval estudió en el colegio del Sagrado Corazón que está en el Palacio Chaves, a escasos metros de la cocina de su madre, y de crío se pasaba a comer al restorán después de salir de clase, así que le corre la hostelería por las venas.

Como los conquistadores de su pueblo, buscó fortuna formándose con Dani García o el profeta Bittor Arguinzoniz, quemándose juntos las pestañas en las brasas. Llegó la pandemia, su padre se jubiló y decidió volver a casa, haciéndose cargo del negocio y dando su toque personal en un renovado local, para sorpresa del vecindario. Aquello es chico, algunos lo apoyaron a muerte y otros desconfiaban de su vajilla y sus menús, ya saben que existe aún esa leyenda de que la cocina contemporánea te mata de hambre, como el Cid, que acojonaba después de muerto. Poco a poco caló su currelo y reforma a reforma, guiso a guiso, cliente a cliente, fue cosechando el reconocimiento de sus comensales, que son los que pagan las facturas y te iluminan la sonrisa.

Algunos cocineros desayunan egos revueltos, no es el caso, porque el tipo es más normal que las amapolas y está ilusionado con su próximo reto, ampliar su fogón y abrirlo al comedor. La crónica ya estaría, así que vayan, gocen, dense un voltio por las calles de la localidad cacereña y a su regreso enciendan el televisor y sintonicen dos joyas, “Los pueblos, España a ras de suelo”, dirigida en 1993 por Eduardo Delgado, que dedica un capítulo al Trujillo de los palacios y las casonas que exhiben las armas de los conquistadores, o el viejuno “Aquí España” rodado en 1967, narrado en primera persona por el mismísimo Francisco Pizarro, ¡al loro!, “fui pastor y soldado, conquisté un imperio, fundé Lima, el rey me hizo marqués y cuando andaba esperando la muerte, se me llegó la traición para aprontármela por obra de espadas; ahora los siglos y la lluvia corren por mi espalda, jinete inmóvil en la plaza mayor de este pueblo, el mío, Trujillo”. Me entregué al ardor heroico y olvidé nombrar sus especialidades: patatas “revolcón”, croquetas de rabo y hongos, migas extremeñas de Tere con huevo, carpaccio de venado con queso trufado, entrecot de vaca o pluma ibérica asada y carrilleras guisadas de retinto. De postre, flan de leche de cabra, torrija a la brasa con crema de avellana y una tarta de queso espachurrada contra la vajilla. Disfruten, que nos quedan dos telediarios. 

Alberca
Victoria 8 – Trujillo
T. 927 322 209
restaurantealberca.com
@restaurantealberca

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO ****/*****

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