Sea Grill Puente Romano

Un viaje inspirado en la rica tradición de Andalucía

Perdonen que empiece un poco gris pero ya suplí hace años mi ilusión por los lugares de papeo extremo lujoso y lujurioso, y hoy es el día que prefiero una ración de albóndigas con vino del año, o dormir con amigos en un agroturismo con manta de felpa Paduana. Sí, todos juntos como hermanos, miembros de una iglesia, alumbrando la chimenea o cortando jamón en calzones en la cocina, mejor que andar abriéndose paso entre peña haciendo reverencias, eligiendo almohadas y esas movidas que tanto gustan a las rusas que beben champagne con el meñique señalando a Campo de Criptana. A Marbella hemos de ir, ¡con una media!, como dice la canción Sanferminera, pero llena de tela, porque este tasco está en un hotel que cuesta un pastizal, ¡vaya por dios!

Marbella tiene un color especial, además de una climatología que vuelve loca a la colonia vasca que lleva allá toda la vida instalada y alejada de la llovizna y el sirimiri de las capitales vascas, disfrutando de una brisa marinera que refresca en verano y acaricia en los inviernos templados y luminosos que vuelven tarumbas a los visitantes acostumbrados a la grisura de la Gran Vía bilbaína o la donostiarra Fermín Calbetón. Es ciudad medio pompeyana, resguardada por una sierra que podría ser Vesubio pero es más maja que las pesetas, inofensiva, cuyo único fin es aliarse con la meteorología para que haga un tiempo del copón, hablando mal y pronto. La localidad es llana, maneja paseo marítimo interminable, playas inabarcables y posee doble personalidad porque es pija, “carisísima”, lujosísima, llena de descapotables y peña extravagante que pasea panteras por la calle como Dalí o Antoine d’Abbadie. Pero también es andaluza, honesta y luminosa, con su Plaza de los naranjos, churrerías, albercas, casas encaladas, viejas pelando la pava y terrazas guarras para echarse unas Cruzcampos.

Quedan restos de antiguas ventas y casuchas de los tiempos del Príncipe Alfonso von Hohenlohe en esa avenida que hoy lleva su nombre, pues cuando algunos aristócratas llegaron allá en el año de la polka, los lugareños iban en mula con cántaros a la fuente y en la playa las mujeres cosían redes, mientras los hombres reparaban sus barcas. Hoy todo está lleno de “millonetis”, guiris, gente maja y fanfarrias que conviven en armonía y se dejan ver en lugares tan chiripitifláuticos como el patio del Hotel Puente Romano, referente gastronómico mundial único en su género porque concentra todo un despiporre de establecimientos de hostelería en los que se come y se bebe muy bien. Eso sí, preparen la billetera y no olviden que lo barato sale caro, tendrán asegurada la calidad con corroscos prietos de hielo y pescados y mariscos más vivos que la ejecutiva de cualquier partido político.

La alineación de locales pone los ojos del revés: Gaia, Cipriani, Leña, Nobu, Bar de copas La Plaza o El Pimpi, ahí es nada. También luce su chiringuito playero y el Grill, a pie de playa, que replica la fórmula infalible de una vitrina de fabulosos productos del mar. Por la mañana sirven desayunos pantagruélicos y cuando llega la hora de almorzar, el tramoyista acciona poleas, descorre cortinas y mueve estructuras para convertir aquello en un vergel lleno de golosinas, para que tú decidas cómo comértelas, crudas, asadas, fritas o como te salga del moño. No se pierden en sashimis ni en aliños con ponzu o “lemongras” y sugieren pescados a la roteña, cocinados con tomates, cebollas, pimientos y vino blanco. O al espeto, ensartados y asados a la brasa. O a la sal, horneados bajo una montonera. O fritos en abundante aceite de oliva hasta quedar crujientes. O a la bilbaína en sartén, con refrito de ajos, guindillas y aceite de oliva. O a la parrilla, asados a la brasa de carbón. O en paella seca de arroz, cocinados con un caldo sabroso y el pescado a caballo, en todo lo alto. La carta es muy apetecible y te la comerías entera, de arriba abajo: gazpacho, jamón ibérico, ensaladas de todos los colores, pipirranas, carpaccios, calamares fritos picantes, croquetas “buenas”, mejillones con limón y hierbas, pastas -rigatoni con trufa negra o espaghetti arrabbiata con bogavante o erizo de mar-, lenguado meunière y carnes con salsas a la pimienta, bearnesa, vino tinto y chalotas o chimichurri con guarniciones simples y suculentas, patatas fritas o gratinadas, puré con mucha mantequilla y espinacas salteadas a la crema. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Sea Grill Puente Romano
Hotel Puente Romano Marbella
Bulevar Príncipe Alfonso von Hohenlohe – Marbella
T. 952 820 900
puenteromano.com
@puenteromanoresort

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Playero marbellí
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO *****/*****

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