Casa Cámara

Al pie del cañón desde 1884

Todo dios sabe que nací en Fuenterrabía en una casa preciosa y rodeado de una familia muy maja y comilona, hacíamos merendolas pantagruélicas, construíamos cabañas, jugábamos a las canicas y en cuanto podía me metía en la cocina a comer croquetas. Me encanta guisar y llevar a mis sobrinos a ver establos, carnicerías o lonjas de pescado porque no hay mejor forma de combatir la idiotez alimentaria que colocando a los chavales frente al alimento, eso y cortarles jamón ibérico Carrasco a cuchillo, así crecen sin complejos, felices y contentos. Tuve Scalextric y CinExin pero a muy temprana edad cambié los caprichos de juguetería por las palabras mayores de pedir que me llevaran al restorán a jamar como un adulto. Aquellos días me marcaron para siempre.

Sigo sentándome a la mesa con ilusión desmedida y preparo las visitas imaginando lo que encontraré, planeando la ruta para visitar a un carnicero que pilla de camino o a un panadero que por esa fecha freirá buñuelos o flores de sartén. Tengo un sobrino llamado Nicolás, hermano mayor de mi ahijada Telma, que es más majo que las pesetas, noble, leal, entusiasta, cariñoso y disfrutón, pues comiendo se le ponen los ojos del revés. Va camino de los ocho y está en esa edad chorra en la que de repente dejan de gustarte cosas que antes devorabas con apetito voraz, pero unta con ganas las “tostarricas” en leche, tritura bocatas de mortadela, engulle nigiris de salmón y rollos filamón y en casa aprendió a comer marisco como un abuelo de O Grove. Pacientemente, sin sobresaltos, disfrutando de la vista del animal cocido sobre la mesa y alerta para pillar muelas, que rompe y perfora usando su dedo a modo de tuneladora, extrayendo la chicha. Sabe chino, de padres gatos, hijos michinos.

El año pasado iniciamos una tradición. Lo recojo el último día de colegio antes de navidad y nos vamos como dos viejos a comer a un restorán, hago con él lo que me ponía palote a mi cuando era crío. Háganlo ustedes y cambiaremos el mundo. Estuvimos en Kaia y la gozó con Igor en la cetárea, metiendo la mano en las piscinas para trincar cigalas, centollas, bogavantes y langostas sin ningún miedo, pues está adiestrado en casa en las artes depredadoras de la mar. Causa sensación vestido con kaiku, txapela y abarkas, pues todo dios alucina viéndolo sentado, con su mantel de hilo y su copa Riedel llena de Aquarius de limón, sin quitar ojo. Lo meto en cocina, le presento a las camareras y si algún vecino de mesa es amigo, les digo que celebramos las vacaciones. Nico sonríe, sabiéndose el tío más afortunado del universo.

Este año repetimos ritual, vestido con su lekeitiarra verde, reservé en Casa Cámara de Pasajes San Juan, que lleva toda la vida subiendo y bajando nasas para que los clientes se pongan hasta las cartolas de marisco. Rumbo a San Pedro, pillamos la motora en Torre Atze y cruzamos hasta la localidad vecina, lugar paradisíaco y cuna de grandes marinos que sirvieron a la Armada, que se mantiene casi intacta gracias a su inaccesibilidad, incordio para vecinos, pero una bendición para los que la cruzan por primera vez, pues viven la sensación de creerse el mismísimo Shanti Andía. Para más inri, mis padres estuvieron allá unos días antes de casarse en los años sesenta del pasado siglo, pues circula por casa una fotografía que los retrata, risueños, sentados frente al ventanal. Pido esa mesa y me la dan, así que voy de la mano de Nico, más feliz que una perdiz. Llovizna, pero no está más contento que nosotros ni Nadal cuando ganó su primer Roland Garros. Hice bien los deberes imprimiéndole la carta una mes antes, porque el chaval llega al restorán sabiéndosela de memoria. Alberto Salinas, el chef, alucina con el panorama. Aterrizamos los primeros y cumplimos con el ritual: visita al fogón, saludo a los currelas, lavada de manos y nos acercamos a la nasa, para abrir apetito y elegir el bicho que nos papearemos. Nicolás lo tiene clarinete: cigala cocida con mahonesa, gamba blanca plancha de Huelva, pulpo a Feira, bogavante cocido partido en dos y helado. Brindamos por la vida y hablamos de nuestras movidas. El marisco está prieto y las muelas reventonas. No se puede estar mejor. Ustedes gocen con sus especialidades: foie gras mi-cuit, anchoas del Cantábrico en salazón, pastel de cabrarroca, sopa de pescado, salpicón, txangurro donostiarra, pimientos del piquillo rellenos de chipirón tinta, kokotxas de merluza pil-pil o con almeja fina gallega en salsa verde, lenguado meunière, y rape, besugo o rodaballo asado. El clásico de la casa es el helado artesano al armagnac. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

Casa Cámara
Donibane 79 – Pasajes San Juan
T. 943 523 699
casacamara.com
@casacamara

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Marinero
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO ****/*****

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