
Guisos y asados en la llanura vallisoletana

Alguno los tendrá censados, pero no conozco muchas localidades que no tengan bar con su terraza y sus mesas y sillas de plástico para pimplarse un tercio de cerveza helada con su platillo de olivas. Uno de mis deportes nacionales es pispar un pueblo en lontananza, desviarme con el coche y atravesarlo en busca del bar, con viejas técnicas de perro guía de vendedor de cupones que consiste en cruzar las calles rastreando terrazas y toldos, pegados siempre a ayuntamientos o iglesias, saben chino las fuerzas vivas y el clero. Y ves un letrero de Mahou o de Frigo o una sombrilla Alhambra y cantas bingo, porque una barra con sus timbres llenos de refrescos y botellines es la salvación para el viajero, y un trago de agua fresca para que los locales tomen café, echen la partida o se relacionen con el mundo.

Algunos pueblos muy chicos son paraísos terrenales porque atesoran dos o tres bares, churrería, piscina municipal con su taberna y hasta local social, que es una lonja municipal arrendada por cuatro perras en la que un tasquero tiene que ganarse la vida vendiendo “consumibles” a precios más que apañados, si no quiere perder la concesión. Ya podían aplicarse el cuento los ayuntamientos y cobrarnos los impuestos a precios populares, ¡menuda panda de chorizos! El otro día me aventuré por tierras vallisoletanas y dormí en Velliza, en la vega del arroyo de las Regueras, en pleno páramo junto a Geria, Velilla, Villán de Tordesillas y Matilla de los Caños. Instalados en una casa rural incomodísima, comprobé in situ que el lugar no tenía tasca, pateándome toda la localidad en busca de barra de cinc y de charleta. Horror. Si llego a encontrar taberna en condiciones, ¡me quedo!, aunque el colchón fuera una tortura china.

Por allá está Wamba, la señorial Torrelobatón con su castillo imponente, Tordesillas la del tratado que dividió el mundo por una línea imaginaria, Peñaflor de Hornija y todo un rosario de pueblos llenos de cereal, rebaños de corderos, pastores con su zurrón, parejas de la Guardia Civil apostados por las rotondas a la caza de incautos cometiendo infracciones y tractores de proporciones hercúleas, ¡madre mía, qué cacharros! Y en mitad de todo, Matapozuelos, pequeña localidad con una plaza abierta a la caja de ahorros, al bar, a un pequeño locutorio, a un precioso ayuntamiento color albero que podría ser cubano o gaditano y a un coqueto restorán con flamante estrella Michelin, ahí es nada, para chulo el pirulo de los hermanos Miguel Ángel y Alberto de la Cruz.

Pueden tomarse el aperitivo en la terraza y alucinarán con el espectáculo, pues lo mismo pasa un Land Rover a toda pastilla, un camión cargado de ganado o una vecina aterriza a lomos de su rocín, descabalga, amarra el animal a una argolla, se lía un cigarro mientras sorbe un café con su chorro de brandy y sigue su marcha camino del pabellón o de la era. De no creer. El patriarca de la casa, ya jubilado, aparece pedaleando en su bici y te cuenta sus batallas. Roma no se hizo en un día y este flamante establecimiento alojado en una vieja botica sirvió vinos, raciones, desayunos y copas de anís para los que se enredaban con el dominó. Fueron muy poco a poco especializándose en asados de la tierra en horno de ladrillo refractario, alternando cuartos de lechazo con ensalada y algunos guisos de cuchara, legumbres, menudos y casquería. Así se levantan las grandes casas, desde los cimientos, tanteando al cliente y progresando, paso a paso, modificando cocina, ampliando sala, levantando la bodega y atesorando botellas de relumbrón para atender a una peña cada vez más sibarita, exigente y agradecida. El buen hostelero amaestra a su público, a pico y pala, abre los oídos, corrige errores y trabaja duro para alcanzar la excelencia. Guisan de bandera y asan por encargo, vale la pena probar algún cuarto crujiente, con su jugo dorado. Hay otras cumbres como los riñones de cordero lechal, las mollejas de ternera a la brasa y las de cordero empanadas, con sus patatas fritas. Para entretenerse, croquetas de jamón, trucha ahumada con piñas de pino y morcilla con miel y migas crujientes de pan. Leo Harlem perdería el reloj metiendo la zarpa en los callos y morros de ternera, las manitas de cordero lechal con patatas a la importancia, el arroz de paloma torcaz, los garbanzos castellanos con setas, el bacalao con oreja de cerdo ibérico, las carrilleras o el rabo de toro en su jugo. Como ven, rascan el culo del puchero. Los domingos sirven el aperitivo para que su madre, de vuelta de misa, se tome el vermú con las amigas y presuma de hijos. Genio y figura. Disfruten, que nos quedan dos telediarios.
La Botica de Matapozuelos
Plaza Mayor 2 – Matapozuelos – Valladolid
laboticadematapozuelos.com
@laboticadematapozuelos
COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia / Negocios
PRECIO ****/*****










