La Tana

Una particularísima taberna granaína

Tengo radar para pispar a los hosteleros ya retirados que se acodan en una barra para echar un trago. No quitan ojo de lo que ocurre y disfrutan de su momento al loro de lo que se cuece alrededor, si los dejaras entrar en acción serían capaces de cantarte todas las comandas de memoria y sabrían que los callos de la dos son para el calvo y el entrecot pasado de punto para la petarda de rizos que no para de molestar con su caniche, dándole besos en el morro, ¡qué asco! Entro en la Tana y ahí está Ana, la vieja patriarca jubilada de esta casa, con sus zapatos relucientes a juego con el bolso, comiéndose una ración de jamón sobre su papel encerado de carnicería y su copa fresca de cava, ojeando el periódico como quien no quiere la cosa.

En un santiamén salta la liebre y quedan confirmadas mis sospechas, porque todos los clientes que entran la saludan como si fuera don Vito, despachando los asuntos más importantes del día. La besan, le dicen que está muy guapa, ¡lo está de veras!, alguno la abraza y ella comparte su chacina con un crío que le señala su tapa con cara de pillo, “¡Jesús, sácale un refresco a este niño!”, ordena a su hijo que los mira desde la barra. El chaval es el heredero del tinglado, una tasca del casco viejo granaíno que presume de carta de vinos inabarcable, llena de botellas de toda suerte y condición, al alcance de todos los bolsillos, pues hay vino para tiesos, ¡sí!, y para horteras de cadena de oro, chándal de Versace y descapotable. Para gustos, los colores.

Llevan a rajatabla ejercer de hosteleros de pura cepa y se preocupan ofreciendo el mejor servicio, manejando material de bandera que ponen sobre la vajilla en una cocina diminuta gestionada por cinco cocineras de rompe y rasga. Chorradas las justas. Asomas la cabeza y ves la pulcritud de la instalación, que a pesar de la estrechez, despacha golosinas con rigor y puntería de película “Sin perdón” del gran Clint Eastwood, para que me entiendan, después del tiroteo todos se quedan pasmados en sus sillas y la bala solo mata al que lo merece. Son “taberna francotiradora”. La buena noticia para la clientela y la peña del barrio es que al patrón le queda trabajo para un porrón de años porque es jovencísimo, y tiene a su cargo mancebo de botica, ¡aúpa Oscar!, un sobrino que estudió ADE en Madrid y en vez de hacerse bróker volvió a casa queriendo ser camarero. Genio y figura.

Son reyes del laterío y ofrecen espárragos blancos cojonudos, corazones de alcachofas, habas con paletilla ibérica, anchoas del Cantábrico con tomate rallado, mejillón en escabeche regando patatas de bolsa al desprecio, caviar de Riofrío a cucharadas o terrina de foie gras. También sirven salmón ahumado con alga nori y wasabi, con trufa y oro, ¡me meo, Amadeo!, Jesús es más majo que las pesetas y de papeo sabe un rato, así que si ofrece salmón con “oro del que cagó el moro”, será porque dará sed a sus clientes más pastosos y conseguirá venderles botellas de vértigo. O eso quiero pensar, ¡menudos horteras! El asunto chacinero se sale del mapa, tienen paleta, lomito ibérico de presa, salchichón, morcilla caliente y tocino a destajo cortado fino con su veta estrecha como papel de fumar, no apta para todos los públicos, extraordinaria enrollada en un pico o regañá. El pan es de otra galaxia, horneado en el barrio por un fenómeno que aprovecha los últimos rescoldos para asar pimientos, que pelan y se chorrean de aceite, guarnecidos de cebolletas o carne de esturión. Sirven un platillo compartido de lomo frío a la sal con tomate seco y de ternera mechada con jamón, huevo y especias. Para rematar, ¡más madera!, quesos Payoyo, Manchego, cabra o Mahón. Si les apetece un dulce déjense engañar por el patrón, porque atesora botellas de vinos dulces, generosos y la madre que parió al Duque de Wellington, amontillados, Pedro Ximénez, moscateles o creams. Empújenselos con un cigarro habano en las mesas de la terraza mientras trincan con la yema de los dedos un pellizco de tarta de queso, tocino de cielo con chocolate o lágrimas de Boabdil, una suerte de “piñonate” acidillo y pringoso de frutas rojas. Ofrecen un listado infinito de vinos por copas y una carta con miles de referencias que es un verdadero desfás. Los más poligoneros abren vinazos de Borgoña, Barolos y botellas del Jura, con su velo flor y toda la mandanga, pero ya está bien de pedorros, así que aprovechen que están en Andalucía, chúpense nuestros vinazos y denle a la manzanilla fresca o pasada, al oloroso seco o a lo que les pongan a tiro. Vale ya de “nuevos ricos” y de soltar esa perla de que a uno la cautiva la Pinot noir, ¡me cago en la corona circular! Disfruten, que nos quedan dos telediarios.

 La Tana
Virgen del Rosario 11 – bajo – Granada
T. 958 225 248
tabernalatana.com
@tabernalatana

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja
PRECIO ****/*****

 

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