Iruña

Casa de comidas
Dan posada y alimento desde los años cuarenta en un ambiente familiar.

Los socios de l’Olla de La Plana, más majos que Paulina la churrera de la Mañueta de Pamplona, me honraron hace unas semanas con la entrega del máximo honor de su sociedad gastronómica, que toma forma de puchera de barro simbolizando la fraternidad y la generosidad de aquellas gentes por el buen comercio y el mejor bebercio. Los amigos Nelete, Juanlo y Rafa me comunicaron el galardón y cierto es que a estas edades ancianas uno salta de alegría cuando lo recuerdan para hacerte la vida más divertida y grata, así que ¡Pam Pam Orellut!, y ¡viva la farra!

La emoción arranca planificando el viaje y eligiendo la compañía para acudir a la cita hecho un pimpollo y con más apetito que Carpanta, así que al volante colocamos a Iñaki “trapecista” y detrás a Patxito “cocacolo” y Martín Berasategui vigilando de reojo. Y de ilustre copiloto, ¡el menda lerenda!, convertido desde entonces y hasta el fin de mis días en embajador plenipotenciario de Castellón de la Plana y sus encantos, digno defensor en la tierra de sus cítricos, ¡viva la naranja dulzona “navelate”!, aceites milenarios de oliva, trufas negras, alcachofas, all i pebres, arroces de caldero, langostinos, caracoles, nísperos, tomates y quesos de montaña, ¡vive dios!

Si van para allá conduciendo pasarán por Pamplona camino de la costa, dejando a un lado Tudela y la mejana navarra, que como todo dios sabe es la capital del mundo de los primores de la huerta, borrajas, alcachofas, cardos, pimientos, espárragos, judías verdes, achicorias, escarolas, apios y demás tesoros emperifollados. Así que nada mejor para prolongar el disfrute que dejar para la vuelta la visita al restorán Iruña que hoy nos ocupa, pues uno sabe que se pondrá en levante morado de pescados y mariscos, deseando el regreso con toda el alma para meterse entre pecho y espalda una buena dosis de verdura y costillas de cordero.

Y así fue, tras merendarnos Castellón dando buena cuenta del bocata de sepia del bar Las Planas del Grao y el de paleta ibérica de Lipizano, ese arroz seco de galeras en la Tasca del Puerto de Reme y Nacho o ese “cenón” de altos vuelos en La Huerta de Peñalen de Villareal, vuelves a casa sonriente con ese ansia irrefrenable de comer limpio, que en plena primavera toma en tu cabeza forma de ensalada de escarola, cardo rizado y apio con aceite, ajo picado y sal o de pimientos asados y repelados que depuran el organismo como un antiguo jarabe de botica. Si las verduras de las huertas inundadas por el Queiles, el Mediavilla y el Ebro aún no fueron declaradas patrimonio de la humanidad es porque ningún miembro de la Unesco almorzó aún en cualquiera de los restoranes de la zona que estofan con ese proverbial mimo que se aplica por allí al pelado de una acelga, las borrajas o los espárragos. No hay otra explicación posible a esta falta de tacto de los organismos europeos, que no repararon en la oferta verde que tienen en el 33, Trinquete, Beethoven, mesón Julián, Topero, Pichorradicas, Remigio, Casa Lola o al Iruña que hoy les recomiendo como centros terapéuticos en los que remiendan tu estómago. Espero que el resto de establecimientos del pueblo no mencionados por mi supina ignorancia sepan perdonarme y no me rompan la cara la próxima vez que me vean de paseo por la Plaza de Los Fueros.

En estos tiempos en los que lo novedoso es la nueva enseña con la que todo el mundo saca músculo, el Iruña presume de todo lo contrario, dando posada al viajero y alimento al hambriento desde los años cuarenta del pasado siglo en un ambiente familiar. Su público se refugia en una barra en la que ofrecen algunas de sus especialidades y en su comedor en dos alturas encontrarán una zona más resguardada junto a la puerta en la que pasarán desapercibidos y el resto de mesas repartidas en una gran sala, que entre semana atiende a todo tipo de fauna viajera, ejecutivos, empresarios, comerciales y turistas de paso, a los que viernes, sábados y domingos se incorporan vecinos y familias completas que zampan a dos carrillos las golosinas que le dan justa fama: croquetas de borraja, cardos con foie gras y hongos, pencas de acelga rellenas, pochas estofadas, rollitos de lenguado rellenos de marisco, cochifrito de gorrín, paletilla de lechazo asado o esa ternera “Iruña” con jamón y queso o San Jacobo civilizado fino y sonrosado que acompañan con cogollos y patatas fritas.

Iruña
Muro 11-Tudela
T. 948 821 000
www.restauranteiruna.com

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito navarrico
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia
PRECIO Alto – Medio – BAJO

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