La Taberna de Blas

Para zampar en el centro donostiarra
Un local en el que lo mismo cenas, desayunas o matas el gusanillo de media mañana

Año tras año se repite el mismo ritual y llevamos ya unos cuantos, llega la víspera del día de San Sebastián y liamos la manta cenando angulas verdaderas como manda y ordena el manual, es decir, ¡en abundancia! Ahora mismo habrá lectores con un ataque repentino de celos y otros muchos, quiero pensar en cientos de miles, alegres de que me luzca tanto la melena, aunque eso sí, reconozco que paso prieto muchos meses como un cartujo a dieta de coliflor, filete con nervio y brócoli con ajos para que ese día de autos me brille el sol en la zanja del estómago como en un reluciente mediodía de regatas de La Concha.

Estrené 2019 ganando la competición nada menos que al imbatible Martín Berasategui, que siempre se sale con la suya consiguiendo mejores tiempos en todo lo que se propone, igual da que sea caminando, escalando el Kilimanjaro, pelando habas o palomas torcaces, comiendo pinchos de tortilla de patatas o lanzando huesos de aceitunas a salivazos, se las arregla el muy caimán para llegar siempre el primero a meta en solitario, brazos en alto como Usain Bolt. El desafío consiste en retarnos para ver quién consigue mejor angula cocida y gracias al amigo Jotxu de Aguinaga, le calcé a “mesié garrote” un golazo por toda la escuadra: las suyas, sí, sueltas e inmaculadas, lucían bravas, pero las mías, ¡aleluya!, brillaban como piedras preciosas engarzadas por Fabergé, tersas, gelatinosas y resplandecientes, hacían pilpil al mezclarse con la guindilla y el ajo. Así que chicharro al canto rozando el larguero y sin tener idea de por dónde resopla el balón, ¡fin del encuentro con marcador David 1 – Martín 0, Carruseeeel deportivo!

Tras una ducha reparadora y tres cafés cargados, ¡cafés Gao, Gao que sí!, se viste uno al día siguiente como un pimpollo con ánimo de aplaudir a rabiar a la tamborrada infantil enfundado en su camiseta térmica, guantes gordos y chamarra, rezando para que no les llueva a los chavales, que desfilan vestidos de soldaditos de plomo. El plan consiste en seguir a la comitiva por las tascas, saludando a los amigos que acuden al encuentro sin poder hablarse, pues ese día la megafonía en la ciudad se mezcla con la alegría del jolgorio y la resaca, los lloriqueos y las madres montando el pollo mientras los más quinquis vocean a grito limpio en la barra soñando con croquetas, picantes, gavillas, gambas gabardina, zuritos y mucha coca cola para apagar los últimos restos del incendio de la víspera.

Y de a pocos, ronda a ronda, abriéndote paso a golpe de bayoneta va llegando uno al lugar en el que quedó a comer con la familia y amigos. Algunos van de gorra al Narru agarrados de la mano de una jamelga pastosa que conocieron en la Izada y otros acuden con su hermana a una sociedad gastronómica que ese día deja entrar tías, ¡rancios demodés! Los más afortunados se meten al catre para echar una cabezada y llegar vivos a la arriada en la “Consti”, y los más listos que sabemos latín, reservamos de un año para otro en casa de Cristina, que es la patrona de la Taberna de Blas y da de comer apagando la sed del respetable con soltura. Sobre felicidad y buen rollo tratan estas entregas que escribo en el periódico y en el lugar que hoy les detallo sirven lo que a uno le apetece comer a cualquier hora del día, es decir, chicha carnosa y poca fanfarria y puñetas en tempura, exhibiendo ganas de agradar y complacer en sus mesas poco floridas a clientes de todo pelaje y condición que desean zamparse esa cocina sencilla, simple y tradicional que abre el apetito con vermú y olivas y sigue el rastro a pimientos rojos asados, ensaladas aliñadas con aceite de oliva bueno y vinagre de Jerez, verduras guisadas para los más lilas -borrajas, acelgas, alcachofas, cardos y demás tocino vegetal-, además de las consabidas especialidades que bordan y gustan tanto o más a mayores que a canijos: alitas de pollo, costillas de cerdo, paté de campaña, lomo de cabezada, anchoílla en salazón, ensaladilla rusa y calamares. La taberna sigue haciéndose su hueco en el barrio con sobrada solvencia y saben que sonreír es el mejor resorte para menear con salero la caja registradora. No fallan las carnes, el filete tártaro o el de cadera con muchos ajos, la chuleta con patatas, puré o ensalada verde, la merluza rebozada o esos callos guisados con su salsa bien trabada por obra y gracia del morro y la pata de ternera. Que sigan sudándose esa barra con oficio y lo veamos.

La Taberna de Blas
San Martín 56 – Donostia
Tel.: 943 46 13 21
www.latabernadeblas.com

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos
PRECIO Alto – Medio – Bajo

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