Mariño

Calma el apetito y pone colorada la nariz
Buen precio y para todos los públicos, sin distinción alguna entre duque y marqués

Aunque vaya disfrazado de Mortadelo o Filemón, calce peluca de tirabuzones rubios, entre agazapado tras el macuto de mi mujer o silbando la banda sonora de “el puente sobre el río Kwai”, esa de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial forzados por sus captores japoneses a construir un puente en la mismísima selva, el patrón del Mariño siempre me cala dándome unos sustos del copón, pues lo mismo sale de entre unas cajas, que con un carretillo lleno de botellines de cerveza, asaltándome con un abrazo mientras sujeta un par de chuletas con la mano, apretando como si le fuera la vida.

Así es Javier Mariño Rois, el amo de una barraca que lleva ya abierta muchos años y es centro de reunión de las gentes del barrio y de muchas otras venidas desde los lugares más insospechados: directores de banco, electricistas, chóferes, aparejadores, albañiles, operarios de la CAF y del ayuntamiento y muchísimos gallegos abatidos por un ataque repentino de la URSS, que no es otra cosa que esa melancolía inexplicable que de ciento en viento les obliga a refugiarse en algún lugar a cubierto en el que templen la gaita, arrimen el pulpo a la candela o sirvan el vino fresco de O Rosal en “cunca” de porcelana.

Mis padres también fueron tenderos y acuñaron esa regla infalible que reza “el que tenga tienda, que la atienda y sino, que la venda”, que es un prodigio de sabiduría popular que en esta casa Javier y su gente llevan a rajatabla. En una barra llena de caras amables y “eficacia probada”, como el Cucal aerosol de “Cruz Verde”, Javier las mata callando en todos los servicios, de sol a sol, sin aliento y sin desmayo. Lo mismo le da la plancha que la sala, despacha comandas, atiende con paciencia a los comerciales que se le agolpan en la puerta de la cocina, cuece patatas, trincha el jamón asado o rebana los cientos de barras de pan que todos los días terminan convertidas en bocadillos o sujetando los champiñones en salsa, los triángulos de tortilla o echas miguitas para bucear en las tazas del caldo que alegra el bullate a la clientela.

De entre las muchas pasiones que entretienen a este buen hombre, además de la pasión desmedida por el oficio de tasquero, que aprueba diariamente con nota “cum laude”, está aquella que lo coloca en el mismo centro del campo de fútbol, rodeado de toda esa chavalería de distintas categorías que juegan con la tranquilidad de tenerle al tanto de todas las necesidades que puedan surgir. Aunque fútbol suene a millones y perros atados con longanizas, cuando bajas a la trinchera de las categorías base te das de bruces con un zafarrancho extremo para sobrevivir y los directivos se ven obligados a arrimar el hombro para sacar a sus clubes adelante, con empleo de mucho tiempo y teniendo que echar mano a la cartera para tapar rotos y descosidos.

Quienes le conocen saben que es apasionado del deporte y que eso precisamente es lo que le lleva a mantener todas las categorías del modesto club Mariño, fundado en el año 1991 con el fin de entretener a mozos y mozas y construir ese espíritu solidario y participativo de la competición sana. Por eso en la campaña 2004/2005 recibió la más alta distinción de la federación territorial presidida entonces por Juan Luis Larrea, que le entregó la medalla al mérito deportivo, esta vez sí, vestido con elegante traje y corbata con los colores del club de sus amores. Y allá en ese callejón en el que reina el buen rollo y la alegría reunió a todos los mandamases para ofrecerles lo mejor, que es esa cocina gallega de raíz que calma el apetito y pone colorada la nariz: empanada de raxo o de bacalao con pasas, pulpo a feira, lacón asado o cocido, caldo con grelos, patatas y garbanzos, bacalao, riñones, carne con tomate, churrasco, callos, chuleta y filete con ajos.

Todo a buen precio y para todos los públicos, sin distinción alguna para aristócratas, lo mismo da duque o marqués, que te reviente la cuenta corriente en Panamá o no tengas un “sus” que sacar del cajero automático, comerás las mismas papas, la merluza será para igual para todos y el trozo de empanada llevará mismo relleno suculento, pues Mariño no distingue las razas, los credos, las ideologías ni los colores de quienes se sientan a sus mesas. Lo saben bien Javier y Lucía, la reina del negocio, “el tomate de todo esto es el respeto y la gratitud hacia el cliente” y nada más, mientras sobrevuelan las fuentes llenas de comida en un trajín de agárrate que hay curvas y la cafetera tira carajillos a un ritmo endiablado.

Mariño
Zubelzu, 6 – Irún
Tel.: 943 615 001

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia
PRECIO Alto / Medio / BAJO

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Un pensamiento en “Mariño

  1. antonmiralles

    Grande David. Algún día te van a hacer una estatua todos aquellos de los que has comentado. Aportaré mi molesta contribución. (O se dice modesta)? Eres grande.

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