Caramelo de miel y azafrán

Pertenezco a la generación del Sugus azul de piña, del palote, el sobre sorpresa y los caramelos de regaliz Masti, que era una guarrada con la que nos poníamos gochos a la salida de misa.

Más tarde, mi madre nos creó adicción por los negritos de regaliz que comprábamos en la desaparecida “casa Esperanza” de Hendaya y poco a poco fuimos aparcando el gusto por el caramelo y nos aficionamos a los pinchos de tortilla, las latas de foie gras de contrabando y los tapones de Coñac Napoleón, que nos trincábamos a hurtadillas.

Si quieren volver a sentirse infantes con tirachinas y pantalón corto, no duden en echar mano a los caramelos Picalsina, currados al fuego y de todos los colores y sabores, con esa apariencia de canicón que esconde en su corazón todo tipo de geometrías propias de caleidoscopio, más que de confite que se rechupetea con deleite.

Cualquiera de sus especialidades están llenas de matices y esconden rellenos que son el elemento diferenciador de cada gama, igual les da el crocant que la almendra, el azúcar tostado con yema de huevo, las avellanas, el malvavisco, las naranjas o el exótico jengibre.

Por si fuera poco, acaban de lanzar al espacio un caramelo aristocrático de miel y azafrán bien manchego, que invita a derribar molinos y a echarle los tejos a la mismísima Dulcinea del Toboso.

www.picalsina.com
Precio aprox.: 38 euros-kg.

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