Bar Ondarribi

Clásico renovado
Un tasco en el que Hoffman y McQueen habrían poteado, en vez de irse a la Guayana

No hay día que pase sin sentir un enorme gustazo por vivir en el país del Bidasoa, que aunque siga lleno de moscas, frailes y carabineros, me sigue pareciendo un verdadero paraíso en la tierra. Vivo y corto la hierba en un lugar privilegiado, y aunque a muchos les ponga el pelo en punta y los huevos corbateros aterrizar en su bahía del Txingudi, yo disfruto como un bebé recién bañado cuando desde lo alto, y en ese instante anterior a la frenada en la misma pista del aeropuerto, miro a través de la ventanilla y me doy cuenta de que allá abajo está la familia, los mejores recuerdos y tu casa llena de ollas, sartenes, cebollas, cabezas de ajos, chacinas, latas de ventresca y salsa de tomate sofrita, ¡dichosos los ojos misericordiosos!

Además de muralla defensiva, castillo y mole parroquial, tenemos txakolinería de nombre Hiruzta, la cervecera Bidassoa de maese Arrecubieta y alguna que otra casa de citas que mantiene relajados a los más necesitados de la comunidad. Nuestra calle San Pedro y adyacentes tuvo siempre farmacia para el tratamiento de la hipocondría, panadería molona, a Mónica la peluquera, pasteleros refinados, administración de lotería, tienda de ropa marinera para pescar bacalao en las Faroe, hotel con pedigrí, alguna que otra librería y barras y restoranes de toda suerte y condición, Itxaropena, Ignacio, Gran Sol, La Hermandad, Conchita, Txantxangorri, Zeria, Perlita y el resto de la competencia que no se leerán en esta relación y pedirán mi cabeza la próxima vez que me vean. Así que elegantemente y en mi defensa les largaré que son todos lo que están, pero no están todos los que son y me quedaré bien pancho.

Ante esas fachadas de colores que tanto reclaman la atención del visitante pasaron hace muchos años Dustin Hoffman y el chuleta de Steve McQueen, vestidos de prisioneros en aquella película de nombre “Papillon” que tuvo revolucionado al pueblo antes, durante y tras su trabajoso rodaje en el año 1973. Si alguno no se lo cree, que teclee “papillon hondarribia” en su computadora y quedará boquiabierto con esa bandera francesa ondeando al viento en nuestro ayuntamiento, mientras avanza silenciosamente una gran columna de prisioneros por la calle Mayor. Mi madre identificaba a todos los extras cuando la echaban repetida por la tele, señalando con el dedo a todo pichichi que reconocía en pantalla, “mira, ese gordinflón es el pichón, aquel otro estanquero en Mendelu y aquella bajita, amiga íntima de la tía Lorencita”.

Pero el momento más emocionante ocurre cuando los protagonistas enfilan los plátanos de la Marina y el pobre Steve pasa frente al ultramarinos “Ochoa” y escucha a un compañero, con cara de cordero degollado, que volverá a casa metido en caja de pino. Ahora los tiempos son otros, ¡a buenas horas, mangas verdes!, pero si McQueen girara hoy mismo la vista hacia la derecha de su plano, podría sentarse en la confortable terraza del Bar Ondarribi y soltar su macuto, sacarse de la cabeza esa asfixiante calzona de lana y pedir una cerveza de grifo helada con sus olivas.

Si algún día de aquí a mil años a un José Miguel de Barandiarán se le ocurriera excavar por allí en busca de viejas civilizaciones, encontraría bigotes de gamba, cascarones de bígaro y concluiría que nuestro alimento nos lo ofrece el entorno, sin imaginar la dimensión de la farra, ¡qué bien vivimos! Es bien distinta la imagen de un homínido hambriento lamiendo una concha, que la habitual estampa del guiri civilizado con sus bambas chupándose una cazuela de almejas en salsa verde… no es lo mismo… es distinto, como canta el guaperas de Alejandro Sanz, ¡el terror de las nenas!

Así, Iñaki Larrañaga, Iker Gallego, el gran Saturio y todo el personal del local que hoy nos entretiene, llevan ya un tiempo en la firme tarea de volver a convertir el Ondarribi en una referencia, asunto que tiene su aquel porque la competencia es grande y la hostelería una carrera de fondo. Desgraciadamente, muchos quieren habituarnos a esa atención desagradable y antipática, que hostiga en lugar de soltar pita y empuja en vez de sugerir, así que son bienvenidos a la plaza los que se preocupan por atendernos correctamente y nos sirven, sonriendo sin mala baba, todo tipo de platillos tan apetecibles como suculentos, croquetas de jamón y bacalao, mejillones, calamares bien fritos, boquerones en vinagre, champis y chacina ibérica. ¡Pobre Papillón!, para rato lo llevan preso a la Guayana francesa si hubiera sabido que bordan la ensalada de tomate, bonito y guindilla, las tortillas de bacalao y patata, los chipirones en su tinta, el atún encebollado o la chuleta. De postre, no duden en volar a la vecina heladería valenciana y quédense tuertos chupando un cucurucho de turrón o de avellana.

Bar Ondarribi
Calle San Pedro 31
20280 Hondarribia, Gipuzkoa
Tel. 943 82 92 43

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja
PRECIO Alto / MEDIO / Bajo

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3 pensamientos en “Bar Ondarribi

  1. Javier Gil

    Como siempre: acertado, simpático, imaginativo, eres un grade David, no lo dudes, en todos los aspectos.

  2. agbatalla

    Absolutamente de acuerdo con todo lo que dices David. He viajado desde Madrid mas de una y mas de dos, solo por llegar a Ondarribi, pueblo y bar, pasear por esos rincones y tomar unos potes y deleitarme, como se decía antes, con cualquiera de las maravillas que da ese mar y preparáis como maestros en todos los sitios. Cuando has citado la Hermandaz me he preguntado si seguirá todavía Mercedes atendiendo mesas, la recuerdo con cariño por su amabilidad, unos ojos preciosos como los de mi madre y… porque siempre me “consiguió” unas kokotxas cuando se las pedia. De todas formas, sería dificil establecer una competición allí entre camarera/os amables.

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