O Gato Negro

Miña terra galega
Cuando muerdan su empanada, les invadirá la morriña y el llanto empezará a brotar

Recuerdo a Jorge de Jorge en el mismísimo centro del Obradoiro compostelano con una de sus camisas estampadas de Liberty y explicándome con verdadero entusiasmo que la plaza era única en su género. Y lo es sin duda por no estorbar en ella fuentes, estatuas, jardincillos floridos ni imponentes arboledas, pues aquello sigue hoy siendo el reflejo de una ciudad cubierta de verdín que no envidia la grandeza de otras piedras más representadas en los encartes de las enciclopedias. Mi padre levantaba su dedo índice y señalaba los extremos de tan vasto espacio, jurando por el mismísimo obispo Diego Gelmírez que no encontraría en otro lugar sitio más fabuloso ni de semejante factura, con la fachada del conjunto catedralicio al este, continuada por una sede episcopal, el Palacio de Rajoy al oeste, el antiguo e intimidante Parador al sur, y ese colegio de San Jerónimo en su extremo norte, que dan como resultado un abrumador cóctel Molotov de barroco, plateresco, románico difuminado y neoclásico chulesco.

La ciudad cambió tanto como para ver hoy desfilar por sus calles a lugareños zombis con las pantallitas de sus aparatos electrónicos y teléfonos, quien sabe si cerrando tratos con Ciudad del Cabo o comprando en Amazon, en vez de andar atentos a tanta belleza o de dirigirse cesto en ristre al mismísimo mercado de abastos, ¡tan hermoso!, mejor surtido y atiborrado de quesos de nata, chuletas de ternera, lacón, cacheiras, grelos y gigantescos panes de maíz y centeno generosamente lucidos vuelta al aire en sus escaparates, como esas mujeres de costumbres licenciosas del barrio rojo de Ámsterdam, ¡ave maría purísima! Es Santiago una ciudad que da hambre por ese caminar que vacía el estómago y actúa como jarro de agua fría sobre los visitantes que abrazan al apóstol y que, irremediablemente, terminamos agarrando el tenedor.    

De entre todas las historias que corren de boca en boca por sus calles, escucharán muchas referidas a milagros ocurridos bajo la estela imponente del botafumeiro, de estampa tan regia y sacra que hasta le atribuyen poderes sobrenaturales y cuya función primigenia no fue otra que la higiénica, pues contrarrestaba el hedor mundano. Así pues, siento contradecir a los acólitos de Iker Jiménez o de Juan José Benítez, tan amigos del susto y de las sombras burlescas, pero han de saber que el artefacto manejado por tiraboleiros no fue más que el “desodorante roll-on” de una catedral a la que le apestaba la sobaquera, así que siento fastidiarles el “poltergeist”.

Me ajustaré bien la pantaloneta para advertirles de ese otro rumor que el amigo Xoan desmiente categóricamente, por ser más falso que Judas, pues sienta al rey emérito Juan Carlos I en una mesa de su taberna O Gato Negro, que como todo el mundo sabe es el tasco más auténtico y cristiano de occidente, ¡de no creer! Nunca estuvo allá el borbón, aunque sí bebieron en su barra John Malkovich o el mismísimo Marlon Brando, que murió a causa de su gordura y empachado por problemas familiares y disputas financieras, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Algo parecido pensó la bisabuela de Xoan, reputada cocinera de los Vizcondes de Noia, cuando se quedó descompuesta y sin trabajo al regresar apresuradamente los señores a Madrid, así que marchó para la taberna, poniéndose a despachar sofritos a diestro y siniestro en el negocio inaugurado por Marcelino en 1922.

Cambiaron los tiempos y aunque siga lloviendo como en los tiempos de Fanto Fantini o de Merlin, el de Mondoñedo, a veces la ciudad parece italiana como la serenísima y ducal Venecia y O Gato Negro una tasca en la que podrían servir polenta de maíz o sardinas escabechadas con cebollas, pasas y piñones. Sepan que es un lujo que semejante monumento siga abierto al público y trajinando cocina simple, gustosa y enxebre, que suena a poca cosa pero hoy más que nunca me parece meritorio y de otra galaxia. Allí, Verónica tricota bien temprano o hace papiroflexia culinaria con la masa de las empanadas en las que encierra sardinillas o xoubas, raxo o carne de cerdo adobada y sofrita o lamprea y sale pitando por la puerta a la hora del ángelus, para que el resto de la familia siga con las labores para abrir la puerta un ratillo más tarde.

Si van, vivirán una ensoñación y no darán crédito al verse atrapados en un relato de Torrente Ballester o algo de similares características, para volver de inmediato al presente en cuanto sientan su estómago rugir y Pili o Manolo les echen mano, sentándolos en alguna de sus mesas para zamparse todas sus especialidades: caldo con grelo y patata, lacón, pulpo, pimientos fritos, mejillones, berberechos, zamburiñas, centolla, camarón, cigala, hígado encebollado, chocos en su tinta, queso tierno del país con membrillo, bizcocho de manzana y licor café. Mejor si les toca un mediodía frío, porque el comedor es pequeño y caliente y suele llenarse de gente que sabe estar callada hasta los postres, viendo llover por la ventana mientras los hombros del viento rozan los cristales, ¡viva Álvaro Cunqueiro!

O Gato Negro
Calle Raiña s/n – Santiago de Compostela
Tel.: 981 583 105

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca suprema
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO Alto – Medio – BAJO

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