Yogur Goenaga

Todos podríamos seguir la evolución, el crecimiento y la decrepitud de nuestras vidas echando un vistazo a los yogures que zampamos en cada momento. Arrancas con esos potitos pequeños de colores, compactos y gruesos como la grasilla que envuelve un riñón de ternera. Luego pasan a meterte en la boca haciendo aviones con la cucharita toda suerte de yogures de color, coco, limón con sabor a desodorante, fresa fluorescente, melocotones salvajes del caribe y así. Pero llega el día en que uno se rebela eligiendo por fin el yogur que le place, y te vuelves majara metiendo en la cesta durante un tiempo todas esas especialidades que tu madre no te daba ni loco, por caras e incomibles, léanse copas de floridas texturas, esponjadas y coloreadas, flanes siliconados con aspecto de tetilla-bótox y variopinta fauna.

Hasta que de a pocos maduras y un día, de golpe y porrazo, te instalas definitivamente en el buen yogur natural y punto pelota, sorbiendo hasta el liquidillo fresquito que se acumula en la superficie tras retirar la tapa, ¡bravo, ya eres mayor! Los que elabora la familia de Arantxa y Paco son enormes y se manufacturan en el caserío Pokopandegi, entorno privilegiado de San Sebastián a muy pocos kilómetros de la playa de Ondarreta.

El núcleo duro del negocio son sus ochenta animales de la raza Brown Swiss, vacas bien saladas, ¡tolón, tolón!, que pastan durante el día hierba fresca y complementan su alimentación en estabulación libre con alfalfa, maíz, pulpa y salvado. El resultado es una leche de mayor calidad, sin homogenizar ni estandarizar, que pasa directamente del ordeño al tanque refrigerador, pasteurizándose inmediatamente para sembrarse con fermentos lácticos y envasarse, sin trampa ni cartón. De tal forma, en menos de veinticuatro horas del ordeño, sus yogures están listos para que los gocemos a palo seco, con azúcar o una buena cucharada de mermelada.

www.yogurgoenaga.com
Precio aprox.: 3’10 euros – envase cristal 720 g

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