Flautas crujientes “Patti”

Pertenezco a una generación casi viejuna que ha conocido la marmita colgandera en el pomo del portón de casa, que bien de mañana, se llenaba de leche fresca para el desayuno de toda la casa. Si se cortaba, pegaba o desbordaba, salíamos de casa con las galletas en la mano a toda prisa camino del autobús.

Con el pan, el procedimiento era similar, porque mi anciana madre dejaba lista unas horas más tarde una bolsa colgandera en el mismo sitio, con una bolsica para los dineros, y el panadero pasaba puntual en un dos caballos tocando la bocina, despachaba las barras y salía pitando hasta completar el reparto y vaciar su maletero. Era visto y no visto y tal la velocidad, que pasábamos semanas sin verlo, pues para cuando te calzabas las zapatillas y salías, ponía pies en polvorosa.

Si llovía y tardabas en recoger la bolsa, las flautas de pan empapaban las puntas y nos las jamábamos con gran deleite. Mordisquear una flauta de pan bien tostada y crujiente es un placer primitivo tan atómico como el primer trago que arreas a una cerveza helada o meterte en pelota picada en el mar.

Las que elaboran en la panificadora italiana “Patti”, son un auténtico despelote, pues crujen a rabiar y son ligeras como el papel de fumar sin estar muertas, lo que quiere decir que no están acartonadas y fuleras sino que poseen la miga y la raza suficiente entre sus ingredientes como para empezar la bolsa y no parar hasta terminar. Finas y delicadas, el fabricante estrenó obrador allá por 1970 dedicándose a la manufactura de galletas con un sinfín de frutos secos, derivando poco a poco a la fabricación de panes y “grissinis”, que es el nombre finolis que designa a las flautas de toda la vida de dios. Si las ven por algún colmado o ultramarinos no duden en pillar un paquete y darle zapatilla, porque retrocederán en el tiempo y se verán de pronto en pantalón corto agarrando un balón de reglamento.

Precio aprox.: 250 g. – 5 euros
www.pattibakery.com

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