Flor de sal de Añana

La sal de las salinas de Añana es una fina golosina y verdadera joya del patrimonio vasco. Bastantes chuzos de punta echamos ya sobre lo local como para no empezar a disfrutar de una vez de los tesoros comestibles que campan a sus anchas en nuestro entorno.

Si afinan el oído escucharan menosprecios a nuestros pimientos, a nuestra sidra o a algunos otros productos que muchos consideran menores, y qué quieren que les diga, me explotan las meninges cada vez que un listo se derrite ante lo foráneo, en detrimento de nuestra despensa. Bastante lío es madrugar y que entre todos pongamos en marcha el país como para que luego nos parezcan “premium” y “estupendísimas” las sales moradas del Titicaca o las rosas del Himalaya con las que el Yeti aliñará sus ensaladas tiesas de liquen fosilizado.

Así que dejemos de hacer el chimpancé y digamos de una vez por todas que la sal que hoy nos entretiene es sencillamente extraordinaria y santas pascuas. Sabrán que su temporada varía en función de las condiciones meteorológicas, comenzando normalmente en mayo y terminando en septiembre, pues en cuanto desaparece Lorenzo y estira la noche, se retrasa el proceso de evaporación y la lluvia la estropea. La sal es caprichosa, pues los romanos construyeron la Via Salaria para transportarla hasta las costas del Adriático e incluso el gran Cellini imaginó y manufacturó para ella un precioso salero de oro que se convirtió en una de las piezas de orfebrería más famosas del Renacimiento italiano.

La de Añana es suave y delicada, de mordida crujiente, formada sobre la superficie de las eras al evaporarse la salmuera y cosechada a mano. Los médicos nos dan la matraca con la sal y le atribuyen todos los males contemporáneos, sube la tensión, promueve las enfermedades del corazón, retiene líquidos, acumula piedras en el riñón y todos esos inconvenientes, así que vayan menos al ambulatorio y disfruten, que son dos días.

www.vallesalado.com
Precio aprox.: 3,5 euros – 125 g

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