La Taberna de Blas

Eficacia probada
Para Zampar con gozo y calma chicha en pleno centro de Donostia

Últimamente cuento demasiadas batallitas recordando aquellos tiempos de desmedido zampar, pero qué quieren que les diga, estando los periódicos y la internetera de marras llena de sesudos análisis acerca del devenir de la despendolada gastronomía patria, con sus protones y sus neutrones, sus sifones y sus zarabandas, tendrán que perdonar que empiece esta crónica del local de Mari Carmen y Cristina hablándoles del desaparecido “Self-Service La Oca”, que si hoy existiera sería una especie de museo de artes y oficios de la gastronomía donostiarra.

Efectivamente, lo habrán adivinado, ocurría siempre en domingo y a la salida de misa de doce de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y del Manzano, pues tengo la fortuna de que muchos de ustedes siguen mis folletines y saben que podía tocarme aperitivo en la Calle San Pedro, -el Yola era valor seguro-, visita a la vieja Alameda, -bajo la parra volaban las rabaneras de paella, callos, ensaladilla rusa o mejillones con tomate picante-, o comida en la Juani de Ibarla, donde nos poníamos ciegos a tortilla de patata y palomas estofadas en una salsa achocolatada que dinamitaría cualquiera de esos moles tan molones y solitarios que algunos se empeñan en cocinarnos hoy para que buceemos en multiculturalidad, ¡hare, hare, hare krishna!

No existía el ceviche, ni la salsa kimchi, ni la soja, ni el pak choi, el periódico no hablaba de cocina ni traía XL Semanal y el plan más electrizante y audaz consistía en convencer a mis padres para que nos llevaran a La Oca a vivir una experiencia religiosa, eso sí que provocaba vértigo, cosquilleo y gusto en las orejas, pues sin rubor alguno les confesaré aquí por escrito que nunca lo pasé mejor jamando que en aquel tiempo. Aparcábamos el auto en un parking subterráneo, que ya era todo un acontecimiento, y se nos erizaba la pelambrera cuando a veces nos acercábamos hasta la calle San Martín y no había cola, pues el público se arremolinaba ante la puerta esperando pacientemente su turno, como en los documentales que Informe Semanal emitía sobre la Rumanía de Nicolae Ceaucescu.

El lugar era un decorado parido por Chicho Ibáñez Serrador, con su hermosa y ancha escalera de caracol que conducía al comedor superior, y un salón principal que habría hecho las delicias del mismísimo Stanley Kubrick, con sus apliques de cristal, sofás estrechos de escay último grito, mesas con aparadores y aceiteras, recipientes de cubiertos y un mostrador curvilíneo ante el que desfilábamos nerviosos pasando revista a manjares y confites expuestos a la vista, ¡qué exceso!, ¡qué derroche!, ¡a mi la gula! Espárragos con mahonesa, pudines con salsa rosa, ensaladas caprichosas, macarrones gratinados, crepes rellenas o lasañas con queso llevaban a un vertiginoso tramo final repleto de pollos, albóndigas, San Jacobos y una paella valenciana que era el verdadero santo grial, pues por entonces todos pensábamos que el arroz nacía, crecía y se desarrollaba en olla rápida, con almejas chicas, pimiento verde y mucho chorizo.

¿Y porqué demonios les largo todo esto? Ya dije al comienzo que sobre felicidad tratan estas entregas sabatinas que les escribo sobre los asuntos del comer, y que poco le interesan a uno ya las piruetas, la fanfarria y la puñeta frita, de tal forma que el lugar que hoy les recomiendo está a pocos metros de aquel jardín de las delicias, que como en los cuadros de El Bosco, se somete a la lujuria y exhibe una barra en la que todo tipo de personajes esperan a que los demonios de la cocina sencilla, simple y tradicional les sirvan olivas aliñadas, tortilla de patatas, alitas de pollo, costillas de cerdo, zancarrón cocido y caldo, para que se les perdonen las faltas a todos los pecados capitales, que como ya sabrán, son siete: el paté de campaña, el lomo de cabezada, la anchoílla, las sardinas ahumadas, el salmón marinado, la ensaladilla rusa y los soberbios calamares.

La Taberna de Blas está pegadita al primigenio y mítico Va Bene, la hamburguesería más atómica de la ciudad, y frente al no menos emblemático bar Hollywood, en el que la chavalada engominada bailó las canciones de Mecano y Tino Casal, en una calle felizmente peatonalizada que permite andar tranquilo y sacar la consumición a la terraza o echarse un pitillo antes de seguir con el segundo plato. La taberna se ha hecho su hueco en el barrio currándose a la clientela pintxo a pintxo, trago a trago, no en vano Mari Carmen y su hija Cristina pertenecen a una estirpe de bravos hosteleros bregados en casi todos los frentes con sobrada solvencia y eficacia probada, saben de sobra que una sonrisa y las ganas de agradar al respetable son los resortes que mueven la caja registradora en un negocio como el suyo. Un local dinámico y sin gilipolleces en el que lo mismo puedes desayunar como un bendito que matar al gusano de media mañana con un trago de vino y un mordisco, comer un plato rápido en las mesas de la barra o sentarte a despachar una jamada de tomo y lomo.

Un punto fuerte de la casa son las carnes, el tártaro de vaca, el filete de cadera con ajitos, el lomo a la plancha o la chuleta se muestran bravos en el encaste, tanto o aún más si las guarnecen con las cabareteras de lujo que ofrecen, pimientos del piquillo confitados, patatas fritas en sartén o pasadas en puré, ensalada con cebolleta tierna o como las disfrutaría Gargantúa y Pantagruel, con pimientos morrones asados, pelados y rehogados con ajos. Los callos nunca defraudan, la merluza “albardada” como la llaman en la Gran Vía bilbaína jamás decepciona y no pueden irse a casa sin darle duro al queso Idiazabal, al flan de huevo, al helado mantecado o a la tarta de manzana.

La Taberna de Blas
San Martín 56 – Donostia
Tel.: 943 46 13 21
www.latabernadeblas.com

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PVP: 30 €

 

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