Almendras garrapiñadas Sarralde

“Briviesca el que no caza… pesca”, rezaban las cajitas de garrapiñadas que mi madre traía a casa cuando éramos infantes, pues crecimos rodeados de negritos de regaliz de Casa Esperanza de Hendaya y de aquellos caramelos de violeta envueltos en papel de seda que ponían la lengua cachupina y morada. Así pasamos la adolescencia, rechupeteando y mordisqueando dulces como posesos.

Me encanta pasear por las ferias de los pueblos y tropezar con los olores y los sonidos de la infancia: el chirriar de la cadena del tiovivo, el golpetazo de la llanta de goma del auto de choque, el tufarro churruscado del caramelo de una manzana de palo o el inconfundible perfume de la nube de algodón, ¡qué recuerdos, tía Gloriatxo! Así, de entre todas estas sensaciones que te dejan lelo, les recomiendo hoy caer en brazos de las almendras garrapiñadas del amigo Fernando Sarralde, que es el heredero de una tradición iniciada en Briviesca hace ya más de siglo y medio.

Nuestro protagonista es la séptima generación de esta familia de almendreros, pasteleros y feriantes, que se dedicaron a la venta ambulante de tan rico confite. Si sus antepasados levantaran la cabeza estarían orgullosos del chaval, porque hace ya unos cuantos años que el despacho amplió sus instalaciones convirtiéndose en un obrador que poco a poco se adaptó a las exigencias del mercado, chocolateando y garrapiñando todo tipo de frutos secos como cacahuetes, pipas, nueces de macadamia, anacardos o incluso minúsculos granos de sésamo, con los que los más vegetas del condado pueden enriquecer sus batidos y ensaladas.

Pero la niña más rechula y guapa seguirá siendo la legendaria almendra, por los siglos de los siglos, que se traen desde Salamanca y visten con ese abrigo característico de azúcar, tan crujiente, tostado y sabrosón.

www.sarralde.com
Precio aprox.: 4 euros – bolsa 250 g

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