La Mera Mera

Restorán y mezcalería
La sucursal chilanga de las Cobreros en el barrio donostiarra del Antiguo.

Hace tiempo tuve la fortuna de escribir de los mismos asuntos que aquí tratamos en un portal de noticias al que ya incineramos y pusimos esquela, qué cosas y qué pellejo está uno. El caso es que en aquella república del ñampa zampa, nos dedicamos a abrir corresponsalías de la jamada y nombramos a dedo, en cada una de ellas, embajadores plenipotenciarios y cuerpo diplomático, para que de vez en cuando escribieran y dieran cuenta de cómo se traba una digestión a miles de kilómetros de la Fermín Calbetón. En aquel entonces no estábamos seguros de que hubiera vida al otro lado del Atlántico, pues Jiménez del Oso nos inoculó esa fiebre conspiranoica de que el hombre no pisó jamás la luna con aquellos zapatones y trajes metálicos a lo Rabanne.

Así, incorporamos a nuestro plantel diplomático un representante en las polonias, ¡sí!, nada menos que la patria chica de Copérnico, Chopin, Walesa, Joseph Conrad, Kieślowski o Kapuściński. No nos entraba mejor y más rico aliento en los pulmones pues el amigo Ramón cubriría la corresponsalía de aquellas tierras, teniendo la fortuna de sabernos representados en la figura de un auténtico epicúreo, fumador, bebedor y zampón como ningún otro. La remolacha, las fibras textiles, la chatarra, las legumbres, el lúpulo, el tabaco y las polacas eran entonces las principales riquezas de aquel vasto territorio, en el que también se contaban excedentes de forraje, wolframio, pasta de papel y níquel. Así que no lo dudamos y la singladura no dio fruto alguno, como no era de extrañar ante la catadura moral de nuestro aliado. Nunca recibimos noticia alguna.

Semanas más tarde, hartos de bailar con la derrota, los dioses enfilaron bien nuestro navío nombrando un nuevo notario de la causa en la patria mexicana, y entonces, ¡eureka!, tropezamos con el inmenso Alon Ruvalcaba, que nos obsequió con hermosas piezas literarias en las que se comía y bebía con inusual voracidad, “los chilangos nos movíamos un poco menos con los vaivenes de la moda, aunque nos volvimos adictos a lo que llegaba o creíamos que llegaba de Nueva York o Barcelona y las cosas cambiaron”, escribía nuestro compay. Y cierto es que pasaron por la moda del videotaco, “que aprovechaba el éxito de los localitos para tomar copas con el fondo de muchas pantallas de televisión; por la del sushi bar, que llegó acompañada de la novedad del agua embotellada hacia el final de los vanidosos años ochenta; por la del mediterráneo, que, felizmente y acaso por primera vez, nos hizo voltear los ojos hacia la calidad del ingrediente; por la del oyster bar, la más volátil de todas, y por la del bistró, ese espacio para la cocina regional doméstica, que es el equivalente de una fonda pero que en la ciudad ascendimos en mamonería; y por la de la fusión, que se apropió de media ciudad con su fácil combinación de técnicas clásicas e ingredientes supuestamente exóticos, abriendo muchas compuertas de la imaginación para acabar siendo, al final, una forma más de nuestro hastío”. Un verdadero profeta Baruk el colega Ruvalcaba, que como los grandes visionarios de nuestro tiempo, Santi Santamaría, Hilario Arbelaitz, Emeterio Sánchez, Karlos Arguiñano o Abraham García, supieron advertirnos del peligro de las viborillas antes de que salieran de los nidos.

Y antes también de que el huevo se nos endurezca y deje de estar pasado por agua, les cuento que las hermanas Cobreros abrieron en el barrio donostiarra del Antiguo una sucursal chilanga, con sus paredes desconchadas y sus tarros de salsa de chapulín y chile guajillo en la cocina. Elena y Carmen son unas crías, pero hicieron un largo viaje a México visitando zonas rurales y conociendo a paisanos de las distintas provincias. Y como no podía ser de otra manera, pues son de armas tomar y se beben la vida a tragos anchos, quedaron prendadas y juraron antes de volverse, con sus botos llenos de barro y su mezcalito en la mano, que abrirían un tasco con el que poder agradecer tanta hospitalidad y tanta salsa picosa, que ya saben que de primeras el chile ardiente no agrada, pero termina uno enganchado a él como un yonqui a la metadona. Los derroteros de la vida les llevó a fundar en la misma calle el exitoso Drinka, y cautivas por los quehaceres diarios y las movidas, olvidaron la sucursal chilanga en el fondo del cajón de los deseos.

Y en esas llegó el comandante Fidel y mando a parar y en la navidad de 2016, cuando el asunto volvió a zumbarles, convencidas y animadas por Ander Yurrita alias “txupet”, el típico cuñado brasas, se lanzaron al agua inaugurando un localito y mezcalería con comida mexicana verdadera, sin chorradas estilo “old el paso”. Dice Carmen que según llegaron al país, rumbo a San Juan de Teotihuacán, un apetito voraz las detuvo en un puesto ambulante de “carnitas” servidas en cucurucho de papel. Les supieron a gloria, así que en honor a aquel instante de felicidad, las sirven a todo pichichi para que nos pongamos como gochos. Pídanlas y aticen a la birra. Además, las muchachas saben echar un vistazo a la memoria culinaria y a la colectiva, pues no es moco de pavo cocinar en Donostia y salir airosas del intento, desbaratando sus recuerdos y sus vivencias que son platillos y volviéndolos a montar de forma sorprendente, inteligente y a veces incluso divertida: aguachiles de camarón o de res, guacamole con totopos, carnes a la brasa con mole de betabel, quesadillas y tacos al pastor, con papada y con txistorra. El servicio lo gestiona Ibon Mainar, un astronauta y artista multidisciplinar “pelo zanahoria”, que se acercó en plena obra con el compromiso de pintar un mural, y allí se quedó atrapado. La humanidad perdió una obra maestra, pero ganó una mesa gamberra atendida con naturalidad y buen rollo.

La Mera Mera
Calle Matia 38 – Donostia
Tel. 943 96 85 75

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos
PRECIO menos de 30 €

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