Askua

Lord Ricardo Gadea
Practican la religión egipcia de cocinar de perfil con cara de Anubis y sin gilipolleces

Gracias a Peter Webber, que ha dirigido con buena mano y factura la emocionante serie “Tutankamón”, vimos en primera línea de sofá los acontecimientos que se produjeron a raíz del mayor descubrimiento arqueológico del siglo veinte, que no fue otro que el hallazgo de la tumba de un faraón adolescente en el Valle de los Reyes. Esta pedazo de historia nos la cuentan a través de los dimes y diretes de sus protagonistas, que no fueron otros que el arqueólogo Howard Carter y Lord Carnarvon, que financiaba la expedición, y que en la serie interpretan el estirado y buen humorado Sam Neill y un presumido Max Irons, que se pasa los cuatro capítulos embobado con la hija del jefe y obsesionado por sacar a la luz el deslumbrante tesoro.

El caso es que con esta emisión, que confieso haber visto ya un par de veces, reviví la lectura de adolescencia de un libro que me dejó patidifuso y que no es otro que “Vida y muerte de un faraón”, escrito por la profesora Desroches-Noblecourt, que en poco más de trescientas páginas cuenta la peripecia del descubrimiento del sarcófago del faraón, desenredando la complicada madeja de sus relaciones familiares y describiendo con todo lujo de detalles la ceremonia de su coronación, reconstruyendo los nueve años de su reinado hasta llegar a los enrevesados ritos funerarios que precedieron a su muerte, dándonos una nueva y revolucionaria visión de los preciosos objetos encontrados.

Hasta entonces, pocos habían visto en color aquel tesoro, y en el libro de la profesora a uno se le daban vuelta los ojos contemplando por primera vez el ornato, la luz y la grandiosidad de tronos, máscaras funerarias y vasos canopos fotografiados por primera vez y reproducidos gracias a la cámara de F.L. Kenett, que tuvo el privilegio de manejar los tesoros fuera de las cajas y con sus propias manos para que gozáramos con sus formas y colores. ¿Y porqué les cuento todo esto? Para que vean la dimensión del careto que a uno se le queda al adentrarse en el local valenciano lleno de tesoros comestibles de Ricardo Gadea, pues debe de ser parecido, -salvando las distancias-, al que tuvo el bueno de Carter un 4 de noviembre de 1922 por la mañana, cuando el último rincón cubierto de cascajos antiguos bajo la tumba de Ramsés VI quedó limpio hasta la roca, asomando el comienzo del peldaño que le llevaría hasta un gran muro de yeso marcado con el sello de la necrópolis real. ¡Por fin, tras dieciséis escalones franqueando la barrera entre los vivos y un muerto, figuraba el nombre de Nebjeperura-Tutankhamen!, ¡cuantas golosinas por disfrutar!

El amigo Howard se lo comunicaba dos días más tarde a Carnarvon, que se encontraba cazando en los bosques de Highclere, que acudió a toda pastilla presentándose un 20 de noviembre en Alejandría, camino del Valle de los Reyes, para disfrutar del “día de los días, el más maravilloso de los que he vivido y desde luego uno de los que no volveré a ver jamás”, según dejó escrito en su diario. Fue la jornada en la que quitaron la primera piedra del muro de la puerta de la tumba, pudiendo ver por el agujero, después de la primera ojeada echada por Carter, animales extraños, estatuas, oro y carruajes que salían poco a poco a la luz desde la más absoluta oscuridad. El resto, es ya historia de la humanidad.

Los tesoros que adivinarán a través del hueco de la llave del restorán de Ricardo, son también de dimensiones mesopotámicas, asunto que desde hace ya muchos años vienen comprobando los clientes, que como los arqueólogos de la increíble historia que les acabo de contar, franquean el umbral de la puerta para sentarse en un verdadero jardín del edén. El sheriff de la casa y su perseverancia han sido premiados en casi todos los certámenes del buen gusto que aleccionan a los mejores restoranes de buen producto que practican la religión egipcia de cocinar mirando de perfil con cara de Anubis y sin gilipolleces, es decir, anteponiendo el nombre de sus proveedores a las artes de los que ofician en su fogón, que obedecen las directrices de la casa: producto bueno y punto pelota. Así que Ricardo, que es todo un señor y un profesional vestido tan primorosamente como Lord Carnarvon, entró hace tiempo en el nutrido parnaso de los locales que en España rompen la pana cocinando las golosinas mejor seleccionadas, es decir, los Kaia-Kaipe, Bidea2, Tradevo, Jaylu, Ibai, Alameda o tantos otros, con argumentos tan poderosos como chuletas de infarto, kokotxas de tamaño inabarcable o embutidos y embuchados que rompen la pana y volverían loco a cualquier cuerdo.

No se pierdan el montadito de steak tártaro, piquen aunque sea un par de croquetas de rabo de toro y curry y denle duro a las mollejas con judías verdes y mostaza, al tuétano a la brasa con ensalada de cítricos, a la explosiva y adictiva txistorra del dicharachero Patxi Larrañaga y a la ensaladilla rusa, que está para ponerle un piso con vistas a los jardines del Turia. El cuchareo se sale del mapa con guisotes contundentes y delicados, el rabo guisado y la “cap i pota” o callos guisados en salsa marrón, los sirven sin atosigar, es decir, sin desbordar, pues uno ansía seguir siendo consciente de que necesita hueco para rematar bien la faena, quizás con un pellizco de “botifarra” de perol y setas, con cecina curada o merluza albardada. En el apartado cárnico, es ineludible meterse entre pecho y espalda un pedazo de carne gallega, normalmente chuleta, que selecciona el amigo Luismi Garayar, desviviéndose para que los clientes de Askua salgan felices por la puerta, tras hincarle el diente.

Son un glorioso final feliz esos ungüentos que servirían para embalsamarnos como al joven faraón, ¡los quesos de José Manuel Manglano!, la panacotta y miel de caña, la torrija con mantecado o el tiramisú.

Askua
Felip María Garín 4 – Valencia
Tel.: 963 37 55 36
www.askuarestaurante.com

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