Patxiku-Enea

Asador sin trampa ni cartón
Llevan desde 1973 adaptándose a los usos y maneras de los tiempos y de su clientela

Les confesaré que soy el raro del barrio porque todos los días del año viajo hasta Donostia desde Hondarribia por la vieja carretera de Lezo en vez de hacerlo por la nacional uno, como todo pichichi. La idea me la dio hace ya tiempo la amiga Sonia Uribe, que se complica más bien poco la vida e intenta agradar todo lo que puede su vista. Encontramos el recorrido mucho más hermoso y el ojo se alegra cosa fina, pues los sembrados y las praderas verdes de las faldas del Jaizkibel son mucho más hermosas que los frecuentes embotellamientos y los polígonos industriales del otro recorrido habitual, mucho más grisáceo. Además, si enfilan camino de Lezo, en cuanto dejen atrás el Alto de Gaintxurizketa, se darán de bruces con el asador Patxiku-Enea, que es dirección a tener en cuenta y plaza que no defrauda si quieren ponerse a salvo de ayatolás de la jamada complicada, no encontrarán un remedio más eficaz y potente que apacigüe los malos humores que provoca la comida espesa y rebuscada.

Mantienen intacta desde hace un porrón de años su condición de caserío rústico rodeado de naturaleza, que es y como ya les dije, un auténtico bálsamo ante el ruido sordo de las ciudades y sus habitantes, que estamos hechos unos gritones y unos pelmas. Van desaparecido a la velocidad del rayo los merenderos de montaña que poblaron nuestras localidades y hoy es toda una rareza encontrar garitos donde cuezan chorizo y sirvan caldo caliente, frían croquetas o filetes de ternera con ajos, corten cuñas de queso, asen sardinas y pueda echarse un trago de sidra fresca, untando con pan una ensalada de lechuga, bonito y cebolleta tierna, que no es otra cosa que comida apetecible. Es más fácil jamar en tu propio pueblo rollitos primavera, pan al vapor con tocino asado al teriyaki, kebab de cordero o costillas de cerdo agridulces, que atacarse un marmitako de bonito, una ensalada mixta con su patata y su huevo cocido o una chuleta de cerdo de ración con sus pimientos del piquillo. La globalidad la llaman los más inteligentes.

Patxikuene forma parte de esa pequeña tribu de merendero de campo reconvertido en asador señorial y atesora los valores de ese pasado popular que lo sujeta a la tierra con firmeza, creciendo y adaptándose a los usos y maneras de los tiempos y de su clientela, pues fueron creciendo y alimentándose con ellos. Así, quienes de infantes iban allá después de misa a comer tortilla de chorizo, bacalao frito y chuleta arreglada a la brasa con su mejunje “marca de la casa”, han crecido haciéndose pellejos y hoy, al mando de sus autos y con sus familias, se han convertido en esa nueva generación de clientes que se entremezclan con los forasteros ocasionales y los franceses que encuentran allá la felicidad sentados en sus mesas. Porque todos cerramos los ojos y pensamos en esos platos que comíamos de críos y que el tiempo convierte en soñados, que no somos capaces de volver a probar por ahí si no nos los guisa una abuela, pues ese bar que nos hizo felices no existe y hoy lo sepulta un bloque de adosados o sobre aquella loma hubo un caserío en el que cocinaban de pelotas, en el punto exacto en el que plantaron ayer un Mercadona con sus carritos.

Así que para remendar esos rotos y apañar esas carencias, tenemos sitios como el que nos ocupa, pues hay días en los que necesitamos poner en práctica los vicios más primitivos y ancestrales, refugiándonos en las brasas o en el culo de las ollas. Aunque bien cierto es que, esos días que en principio son contados, a medida que uno peina canas, se convierten en temporadas cada vez más largas hasta que llega el momento en el que no deseas probar ningún jarabe complicado, pues tu apetito merma, tu criterio lo forjaste a golpe de maza y de cartera, costó caro y pone sus condiciones. Por el contrario, si alguno de ustedes escucha en la tele o en la radio a algún chef con la boca llena de misterios insondables hablando en prosa sobre melocotones liofilizados y el asunto les parece interesante, quizás no les interese nuestro asador de hoy, que es refugio sin trampa ni cartón para los que quieran salvar su alma de las garras del sifón, de los cursis amanerados y del papel de impresora comestible.

Sepan que “Patxiku” fue un tío muy grande que vivió en el caserío Saizar-Buru, cuyos moradores fueron reputados asadores, acudiendo con sus parrillas allá donde los reclamaban para asar cualquier cosa, dominando el fuego de las brasas. Tal fue la fama, que se decidieron a abrir el flamante Patxikuene un cinco de noviembre de 1973 y allá siguen, como les estoy contando, cuajando y abriendo hueco en los estómagos con los revueltos y las tortillas de jamón, bacalao, chorizo o espárragos blancos. También sirven anchoíllas en aceite de oliva, jamón ibérico y verdura estofada, ahora que atiza la primavera. Menean en cazuela bacalao con sofrito de tomate y siguen encendiendo las brasas bien de mañana en unas parrillas que ponen sus hierros incandescentes, asando besugos, lenguados, cogotes, cortes gruesos de merluza, rape y rodaballos que rocían con un simple refrito de vinagre de sidra, aceite de oliva, ajos y guindilla, no dejen gota y unten la salsa con pan. Sus chuletas son reputadas y asaron las primeras cuando muy pocos las echaban sobre las brasas, pues aunque parezca mentira, el empleo de la parrilla en Euskadi es un invento que tiene muy pocos años. No se vayan para casa sin pegarle un bocado a un postre al que debíamos rendir pleitesía haciéndole un monumento en alguna plaza céntrica o rotonda distinguida, ¡la tarta al whisky!, eso sí, que se la perfumen bien, háganse el favor. Larga vida a la familia Manterola y que los veamos en Lezo muchos años más.

Patxiku-Enea
Barrio Gaintxurizketa – Lezo
www.patxiku-enea.com
tel.: 943 527 545

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Campestre
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO 60 €

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Un pensamiento en “Patxiku-Enea

  1. Xabi

    Restaurante atómico comer y otro vicio al mismo tiempo, je je
    Gracias por el selfie esta mañana en Fermin Calbeton
    Viva los potolos que hacemos funcionar el consumo

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