Cervecería Brasería Gallega

Un garito barcelonés para ponerse morado de pescado, lacón y marisco
Pasé mi infancia a remojo en la playa de Sanxenxo y comiendo churrasco en Portonovo, atizando vieiras gratinadas con pan rallado, perejil y ajo y bebiendo Mirindas descoloridas por el sol bajo una solana del hotel en el que dormía. De todas la felices excursiones que hacíamos a lomos del 131 de mi difunto padre, recuerdo con agrado los saltos hasta Guitiriz para comprar bizcochos de maíz en una curva de la carretera e incluso nuestro paso por Mondoñedo, a la ida o de regreso, para cargar en el maletero aquellas tartas de almendra, cabello de ángel y frutas escarchadas que pesaban como el tesoro de los Incas. Pero hacia Vigo, después de Domaio y de Moaña y su preciosa iglesia románica de San Martiño en la que solíamos echar unos rezos, nos topábamos con el poderosísimo puente de Rande, que a mi vista y con la perspectiva de que lo más apoteósico que conocieron mis ojos hasta entonces era el hipermercado Mamut de Oyarzun, me parecía una construcción de dimensiones bíblicas.

Mi abuelo Manuel nos vendía unas historias hermosísimas y sobre aquellas aguas solía contar una leyenda de galeones cargados de tesoros que dormían el sueño de los justos y que quién osara sacarlos del barro pagaría con creces su osadía con fatales enfermedades sin remedio ni consuelo. La historia pegó fuerte en aquel paisaje porque en Ponte Sampaio confluían las dos carreteras Pontevedra-Vigo y fue escenario, según contaba a sus nietos mordisqueando el filtro de su cigarro, de las luchas entre los dos Alfonsos, el castellano y el leonés, y más tarde testigo de la derrota de un mariscal napoleónico de nombre Ney, que suena a cantante de Operación triunfo, pero repartía galletas como panes, pues bajó muy chulito desde Pontevedra con sus tropas para merendarse Vigo y fue sorprendido por los españoles, que se lo comieron con patatas desde algunas lanchas cañoneras, comandadas por milicianos a las órdenes de Morillo, La Carrera y el conde de Noroña. Pusieron en fuga a las huestes gabachas influyendo en su estampida un legendario cañón hecho con troncos de madera de boj unidas por abrazaderas metálicas que los hostigaba desde Ponte Caldelas.

En estos parajes de la desembocadura del río Verdugo, que se cuentan entre los más hermosos de toda Galicia, nació Bernardino, que es el patrón de la cervecería Brasería Gallega y que a buen seguro de chaval se echó muchas veces monte arriba desde Ponte Sampaio hasta el Castelo de Soutomaior, orgullo y blasón de aquel Pedro Álvarez que está siempre presente en todas las epopeyas galaicas. Mi abuela Esperanza contaba que el voraz y zampabollos señor de Soutomaior se comía crudos a los niños de los pueblos cercanos, siendo éste una especie de Manuel María Puga y Parga “Picadillo” en versión “mal rollito”, pues en vez de escabechar ostras como el gran escritor y meterlas en barriles de madera para empujarlas con Albariño, a aquel don Pedro le freían para merendar un par de niños envueltos al colchón, que consiste en pringar una criatura tierna bien dorada en gruesa salsa bechamel y pasarla por harina, huevo y pan rallado, escoltada de patatas fritas. Al jicho lo llamaban Pedro Madruga por lo pronto que se levantaba y hacía levantar a sus gentes para sus empresas bélicas, todo el día de arriba para abajo liándola bien gorda, indomable e incansable, como ocurrirá bien de mañana en la cocina de esta casa de comidas enclavada en pleno cogollito pijo barcelonés.

Porque les confieso que una de esas noches que aterrizas descolocado en la ciudad condal y te echas a andar buscando algo de cena, me di de bruces con este tasco feliz y escondido entre localazos de los que cortan el hipo y a los que nos tienen acostumbrados en las grandes urbes europeas. Me refiero a decoraciones despampanantes, puestas en escena de ensueño o bistrós contemporáneos llenos de modernos y camareros estupendos en deportivas sirviendo cervezas artesanas, boles de guacamole, hamburguesas ecológicas de lenteja y quinoa y bármanes con el tupé engominado mirando a Berlín del este, imagínenlo, todo muy “jipster” e “influencer” de la muerte. Así que vayan todos mis respetos para esos montajes alucinantes que deben muchos cuartos al banco y que solo de pensarlo se le ponen a uno los huevos corbateros, ¡viva el empresario valiente!, pero el olfato de topo viejo me condujo esa noche derechito a la felicidad, pues asomas el morro en la Brasería y avistas gente feliz poniéndose morada de lacón y marisco y no tienes duda, ¡eureka!

Siéntense y alucinen con los cuadros que cuelgan de las paredes, escenas venecianas, catalanas, Costa da Morte y Rías Baixas, en un totum revolutum de clientela local, forasteros, pastosos, familias, amantes y náufragos como el menda lerenda, que pido comer casi a medianoche y van y me acomodan sonriendo y qué quiero beber, me dicen, ¡pues cerveza fresca! Un gallego con pan tumaca es como una rumba de Peret, y allá aparece sobre la mesa con su aceitera como declaración de intenciones. En el fogón la amiga Amarilis guisa cocina enxebre junto a Paco y Orquídea, en una estrecha cocina vista que es todo un poema de ollas y rustideras. Si piden medias raciones alucinarán con el tamaño y con la celeridad con que José y Fran le llevarán hasta la mesa cualquiera de las raciones que se anuncian en la carta, berberechos, navajas, cigalitas de playa, sepietas o calamarcitos plancha. La oreja cocida o el pulpo servido a Feira se salen del mapa, al igual que las gambas al ajillo, la centolla cocida o el tazón turbio de caldo. Y para entrar más en barrena podrán atizarle sin compasión al bacalao con crema de ajos tiernos o a la brasa, al salmonete frito, a la vieira al horno, al pie de cerdo a la brasa, al lacón con grelos y chorizo o a la dorada, la lubina o el tronco de merluza. Todo servido con buena marcha, sin regodeos y sin perder un minuto, pero con esa sensación al salir de que volverían allá al día siguiente para comer, merendar y vuelta a cenar y así sin cansarse por los siglos de los siglos hasta fallecer.

Cervecería Brasería Gallega
Casanova 238 – Barcelona
Tel. 934394128 – 934199477

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia / Negocios
PRECIO 30 €

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