The Loaf

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O del imperio de la miga.

Si adoran a Odín y a Thor, no lo duden, en este garito encontrarán su nueva religión.

Esta singular panadería empezó su andadura, hace ya algunos años, alojada en un contenedor industrial frente a la estación donostiarra del Norte, lo que supuso una verdadera revolución panadera en la ciudad. Los amigos Yarza y Lepard tomaron los mandos de los hornos gracias a la impagable audacia e inconsciencia de un colectivo empresarial denominado La Salsera, formado por unos jovenzuelos “sires” y “marqueses” que en los últimos años han desarrollado una particular forma de guerrilla, trabajando y entusiasmando a su estimable clientela desde distintos puntos de la ciudad y, cómo no, desde el “internete” de marras, herramienta que dominan con creces ofreciendo todo tipo de anzuelos para que todos caigamos en sus garras. Algunas veces las trampas que colocan toman forma de picnics y conciertos, otras, de latas de conserva o sacos de naranjas y más a menudo aún referencian sin pudor el universo goloso de la miga y la corteza. Empezaron montando cursos para aprender a hacer pan, siguieron con el tema editando en español el libro “Hecho a mano” del maestro panarra Dan Lepard, y en el verano de 2012 montaron aquella efímera panadería de trinchera y barracón al lado del Urumea.

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Después de aquel experimento con gaseosa, decidieron abrir como extensión natural una panadería permanente en la que vender buen pan artesano a precio apto para bolsillos de entre semana. En la agitada avenida de la Zurriola está la sucursal definitiva de “The Loaf”, una panadería desconcertante en la que el obrador ocupa el espacio protagonista de unas enormes cristaleras con vistas al Cantábrico, para deleite de viandantes cotillas. El resto de dependencias se destinan a escuela, despacho de pan, café, bollería de toda suerte y condición y un bistró sui géneris alojado en la planta baja.

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No esperen encontrar el clásico despacho de barras de pan, ¡no! Para empezar el establecimiento no bebe de las fuentes clásicas de acondicionamiento panadero “a la vasca”, lo que significa que en vez de un totum revolutum en el que se dispensa desde un donut hasta un morenito, refrescos, yogures, polos de fresa o una piruleta, aquí lo que encontrarán es miga colocada en estantes o para que me entiendan mejor, la desnudez de un garito en el que uno no sabe si molesta por verse de repente en mitad de un obrador con cara de póker. No hay más que pan, de todas las formas y tamaños y recién salido del horno, con un bonus track diario de especialidades que hay que acaparar por si nunca más vuelven a aparecer en sus estantes, vaya usté a saber: empanadas de rellenos imposibles, focaccias de tamaño mastodóntico, hogazas de migas negras y gelatinosas, panes de molde de rebanadas que no entran en las tostadoras convencionales, galletas, rosquillas esponjosas, carrots-cakes y demás enseres útiles de bollería y panadería que le ponen a uno nervioso cual adolescente con espinillas. Sin ir más lejos, yo mismo, que escondo un yonki-gordo en mis entrañas, suelo pasar por delante con el auto, lo detengo y tras reflexionar unos minutos sobre la escasa conveniencia de bajarme y caer rendido a la tentación, pongo pies en polvorosa acelerando el auto como arma cargada por el diablo.

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Para desgracia de glotones sufridores y mayor regocijo de nutricionistas necesitados de lorzas ajenas, la propiedad ha tenido a bien abrir un bistró en los bajos del lupanar de la miga. Un espacio con comida sencilla, barata, rápida y sobre todo diferente, que necesitaba un cocinero internacional y sin escrúpulos, capaz de perpetrar aquello que los salseros buscaban y no encontraban en San Sebastián. Localizaron a su muso en Michael Broadbent, pirata canadiense de pasaporte irlandés que maneja las riendas del menú ayudado por un cocinero local reconvertido en oficiante de kimchis y otras fórmulas tan exóticas como sabrosas.

Para terminar de darle estilo “underground” y transgresor, para pasar al comedor hay que atravesar la tienda y bajar escaleras, donde esperan mesas, taburetes, una barra estrecha con algunos libros de cocina, una caja registradora y dos grifos de cerveza muy buena, por lo que la humanidad ya está salvada. Y el resto, muy curioso, un papelote-carta presentado como si fuera un inventario grapado de un almacén de grano de Massachusets y una docena de golosinas a cada cual más divina y engordante, con deriva anglosajona, centroeuropea, asiática y lo que caiga. Todos los días hay algo de cuchara que podrán sorber directamente del bol o en vajilla metálica-carcelaria-chic (sopa de coliflor, pozole, borscht, coq au vin y otras maravillas), algo de verde que nunca es verde y adopta formas dispares de fermentado y encurtido casero: sauerkraut, kimchi, ensalada de hojas verdes con verduras encurtidas, trigo sarraceno y otras delicias vegetales que complacerán al más carnívoro.

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El éxtasis llega con los bocatas, buns, bollos, sangüis, emparedados o como quieran ustedes llamarlos, el tipo de comida que pediría un ajusticiado a muerte si fueran a darle garrote vil: chorreantes, picantes, libidinosos, abundantes, pringosos, gordosos, enormes, cerdos, guarros, inabarcables, se rompen, se escurren, se caen, escupen queso y le hacen sentirse a uno muy mal si acaba de salir de misa en la parroquia de la Plaza de Cataluña. Alabado sea el sangüis de pulled pork, con carne de cerdo asada durante horas con cantidad de especias y ensalada de col, el de cerdo vindaloo con salsa de yogur, el schweinschnitzel o filete empanado con mostaza y sauerkraut y las no menos libidinosas opciones vegetarianas de tofu o boniato asado, berenjena y gremolata.  Todo regado con gratuita y ecológica agua de grifo, cerveza artesana, vinos jóvenes y atípicos o limonada casera, y para finalizar, además de la bollería de la casa ofrecen dos opciones de postre diarios, con vicios del tamaño de la tarta de queso neoyorquina o natillas con sirope de garnacha y tejas de almendra. No olvide dejar sitio en la tripa para las patatas con salsa “basque barbecue” y echar la sobremesa en la terraza con uno de los mejores cafés de la city.

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Si es usted católico, apostólico y romano confórmese con una gilda y un marianito, por el contrario si es devoto creyente de la religión de Odín y Thor y le corre la sangre euskandinava por las venas, no lo dude, The Loaf es su nueva religión. Y sean benévolos si el servicio no les parece adecuado o los baños pequeños, si no les sirven café descafeinado o té o su refresco preferido o un simple y maravilloso mixto de jamón y queso, porque para remendarlo tienen tortitas con beicon y sirope, huevos con panceta o boniato frito con salsa brava o cosas así que comen los bárbaros pueblos del norte, pues aunque la clientela local los pasteurice y The Loaf acabe volviéndose más cuerdo, siempre será un verdadero alborozo que gente jovenzuela con ideas y reforzados huevos colganderos se embarquen en semejante despropósito. Bienvenidos y larga vida, ¡por Tutatis!

The Loaf
Zurriola, 18
San Sebastián 20.002
Teléfono: 943 26 50 30
Web: www.theloaf.es
Email: info@theloaf.es
Horario Panadería: De lunes a domingo de 8:00h a 23:00h
Bistró: De miércoles a domingo de 9:00h a 00:00h (cocina abierta de 13:00h a 23:00h)
Cerrado lunes y martes.

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja
PVP Medio: Siendo tragaldabas, 15 € por persona bebidas incluidas.

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