La Pinta

O de un restaurante donde se nota de veras el oficio.

Rascando el culo de las ollas se consigue más predicamento que sermoneando.

Ahora que empezamos a sentir que se nos escapa el verano, en una suerte de suspiro moribundo, ¡ay!, la mente busca refugio en los placeres que las próximas estaciones traerán en su canasto, pues no hay mayor tonto que el que no se consuela, aunque digan lo contrario, “hoy lo que consuela no es el arrepentimiento, sino el placer. El arrepentimiento está totalmente anticuado”, decía el bueno de Oscar Wilde. Así que si pertenecen a la liga vitalista y bon vivant, no tarden en escaparse a la paradisíaca playa de Hendaya para darse un buen chapuzón antes de que las aguas alcancen esas bajas temperaturas que ponen los pelos tiesos como escarpias.

Más tarde, a sabiendas de que el baño produce un hambre del copón, encaminen sus pasos al restaurante “La Pinta”, en la plazoleta trasera que mira al puerto deportivo, un local que Serge Blanco decidió inaugurar en 1995, implicando en el asunto a un cocinero salmantino de alma irunesa, Iñaki Tetilla, genio y figura; Este chef nacido en San Felices de los Gallegos, pueblo cercano a Ciudad Rodrigo, lleva más de quince años viviendo en Hendaya, pero mucho antes, siendo un crío de catorce, empezó a trabajar con uno de los más grandes, Pedro Subijana, primero en el “Galarreta” de Hernani, después en el “Irache” de Estella, donde ayudaba a su madre Agustina de Dios, y un poco más tarde en el “Akelarre” donostiarra. Con todo el bagaje adquirido junto a Pedro, fichó por el mítico “Mesón del Jamón” irundarra, en la época más gloriosa de la Calle Fuenterrabía, hasta que la propuesta de mesié Blanco le cautivó y pudo montar el garito soñado: lo bautizó “La Pinta” porque le sonó bien marinero, acorde a un establecimiento rodeado de agua por sus cuatro costados, aunque en cuanto crucen la puerta se llevarán alguna que otra sorpresa.

No se echen las manos a la cabeza si al entrar descubren una sala que es pura recreación de un burladero de plaza de toros, a Iñaki le tiran las raíces, y esta es su personal declaración de amor por su tierra y por el toro de lidia, ya ven, en plena época de asepsia mental y prohibiciones a tutiplén, aún hay tipos con garra libres de complejos; Junto al comedor “torero”, también se levanta una curiosa sidrería montada por petición expresa de los clientes, que añoraban pegarle al txotx sin cruzar la frontera, por aquello del “si bebes, no conduzcas”, que puso tan de moda en los ochenta el amigo Stevie Wonder.

Nobleza obliga, así que cuando aterricen, pidan antes que nada un buen plato de jamón gran reserva de la casa “Francisco Matía” con denominación de origen Guijuelo, que para algo lo elabora la propia familia de Iñaki, puro néctar imperial; Después prepárense para lo que el cuerpo pida, se nota de veras el oficio y la casta del capo de la casa, que actualmente trabaja arropado por su mujer María Victoria -toda una vida bregando entre fogones-, y su hijo Iñaki, que junto a Santiago, Arkaitz, Elena, Aranchi y Paquita, forman un equipazo currante a más no poder.

Tienen buena mano con el arroz y los guisotes, si el paseo por la playa les abrió el apetito, prueben a matar el gusanillo con el capricho del chef, una suculenta morcilla hecha en casa, plancheada en rodajas gruesas que sirven con pimientos del piquillo confitados, jamón ibérico, huevos fritos y patatas de sartén, delirio de colesterol para rebañar hogaza y media de pan, absoluto demasié. Por el contrario, si se acaban de bajar del auto y ni pasearon, ni nadaron, ni movieron el esqueleto, lo que les toca es forraje más comedido, así que sepan que los ahumados y los marinados de la casa están de rechupete -sardinas, anchoas, bacalao y salmón-, al igual que la terrina de foie gras natural, de corte superior. Tampoco defrauda la parrillada de pescados -bogavantes, lenguados, langostinos o chipirones bien plancheados-, y por supuesto la chuleta de buey con pimientos, patatas fritas y ensalada, que sale de cocina como si la regalaran a decenas de piñatas dispuestas a hincarle el diente hasta lo más hondo. No faltan en carta las chuletillas de cordero castellano, ni las carrilleras estofadas de cochino ibérico o el confit de muslo de pato, con su piel bien churruscada.

Si aún les queda sitio para el postre, aticen primero al queso bien curado, el tradicional gauteau basque apaciguará los arrebatos más golosos, al igual que la panacotta, la leche frita o cualquiera de los dulces que se elaboran con mimo. María, dueña y señora de la sala, se mueve con garbo por el establecimiento y su espléndida terraza, ayudada por Sara, Sebastián, Fabián y Ainhoa. La clientela, mezcla de cliente forastero y de Iparralde, disfruta a sus anchas y el patrón, satisfecho de haber introducido la cultura del pincho por estos lares, se esfuerza en demostrar que rascando el culo de las cazuelas se consigue más predicamento que soltando cien sermones en el pulpito mayor. Amén.

¡Ah!, asomen el morro a la bahía del Txingudi, con Hondarribia, la pista del aeropuerto y el Jaizkibel a la vista en el otro lado, podrán caminar hasta el puerto viejo de Kaneta, en una de cuyas casas vivió exiliado Unamuno y donde también encontrarán “Bakar-Etxea” que perteneció a Pierre Loti, un viajero impenitente y escritor extasiado con el Bidasoa que lo consideraba uno de los lugares más hermosos del mundo, pues lo comparaba con la desembocadura del Danubio o el Bósforo. Ahí es nada.

La Pinta
Boulevard de la Mer
Plaza Sokoburu-Hendaya
Tel.: (00) 33 559 481 212
info@lapintasergeblanco.com
http://www.lapintasergeblanco.com/es

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO 30 €

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