Arroka Berri

O de un restaurante donde disfrutarán como leones.

El “viejo” merendero de la subida al faro de Hondarribia es hoy un bravo restoran

Creo que nunca les mencioné al tío Luís, único en su especie y responsable último de mis fantasías toreras de adolescencia provocadas por el exceso de lectura de Dino Buzzati y Luis de Uranzu, verdaderos héroes de juventud junto a Pat Metheny, El Greco, Oscar Peterson, Miguel Delibes, Rank Xerox, Thelonious Monk, El Bosco, Álvarez Rabo, Miles Davis, The Kinks, Roger Vergé o Rafael, un jardinero que llegaba siempre al jardín de casa a lomos de su Lambretta.

Por si esto fuera poco, el tío Luís despertó en mi esa obsesiva necesidad que padecí toda mi niñez de mirar las faldas del maltrecho monte Jaizkibel desde la cama, mi pasatiempo preferido cuando anochecía; escondido tras las cortinas, miraba allá a lo alto, monte arriba, con la esperanza de ver las llamas y la sirena del camión de bomberos cruzando los caminos a toda pastilla, como una incandescente estrella fugaz: ese espantoso deseo de pirómano chalado era la mejor forma de felicidad.

El local de hoy está emplazado al mismo pie de todo este paisaje y en él tomábamos caldo y chorizo cocido cada domingo, siendo chavales; tras uno de aquellos descomunales incendios y después de una noche de fuego y vuelo raso de un hidroavión fantasmagórico, escuché la explosión cuando el aparato estrelló su morro contra la arena de la playa, intentando llenar sus fauces de agua; se hizo de día, corrimos y tropezamos con los restos del accidente, alucinando con lo que un incendio era capaz de provocar: muerte, amasijo de hierros y desolación.

Así que dejó de atraerme el fuego y sentí la llamada del explorador que todo crío lleva dentro, iniciando la búsqueda del Lugum Veneris, promontorio litoral en el que existió un templo dedicado a la Venus Marina, diosa de los navegantes cuyo emplazamiento, según Schulten y el tío Luis, se situaba en el fondo del Golfo de Vizcaya y cercano al Cabo Iguer. Así que dicho y hecho, calcé unas botas y me pateé el Jaizkibel de cabo a rabo, al encuentro de restos arqueológicos con la esperanza de desenterrar columnas, lucernas y alguna diosa pirenaica de turgentes pechos. ¡Nanai de la China! Pronto tiré la toalla y tuve que dedicarme a las tareas de un chaval de mis años, chapuzones en la playa, comer calamares en la tasca del viejo vivero de marisco del faro y buscar moras por los zarzales cercanos al viejo Arroka.

Ese caserío se reformó en 1940, aunque los papeles sitúan en 1800 una construcción sobre los mismos terrenos; los padres de Jesusmari, su actual patrón, regentaron la tasca originaria que abrió sus puertas en 1971 como merendero que sacaba a diestro y siniestro todo tipo de raciones, tortillas o bocadillos empujados con refrescos y botellas de sidra. Fue a partir de 1980 cuando el lugar tomó otro cariz, transformado poco a poco en asador de pescado, con sus parrillas y las típicas especialidades rociadas con su refrito de ajos y vinagre. Ya en 2.000 cuando Jesusmari Ancisar toma las riendas y asume la responsabilidad de evolucionar la casa, pone en marcha una reforma integral que resulta todo un éxito, animándose a emprender una segunda en 2006, que configura el restoran actual.

Una de las situaciones que más enorgullecen al sheriff es recibir a parejas que son a su vez hijos e hijas de clientes de toda la vida, pues ver pasar las nuevas generaciones y comprobar que siguen eligiendo el Arroka como lugar de celebración, es algo que no se paga con dinero y un lujo al alcance de pocos establecimientos, señal inequívoca de que el “viejo” merendero de la subida al faro sigue vivo y coleando, con una brigada de casi veinte personas: Gorka Cepeda es el jefe de cocina ayudado en cocina por ocho tigres de bengala, y en sala, ocho jóvenes camareros muy entusiastas se mueven como centellas.

Fuera de carta ofrecen carabineros asados con su cabeza repleta de jugos -purita sopa de pescado-, pochas de Sangüesa guisadas viudas y verduras con huevo escalfado a la moderna -en su cáscara y a baja temperatura-, o “termal”, como graciosamente lo llaman algunos; para los más “segurolas”, jamón y lomo del Marquesado de Lekunberri con pan tostado y refriegas de tomate, parrillada de verduras o pimientos rellenos de rabo, bien rebozados y en su salsa; para los amantes del rechupeteo marinero, poseen una amplia oferta de marisco vivo que sirven al natural, asado o cocido, según gustos: almeja, cigala, gamba, bogavante, nécora o langosta.

Los pescados los asan y sirven con una guarnición simple o escoltados de alguna salsa ligera, sin atosigar, merluza, bacalao, rape, lenguado, rodaballo, besugo o lubina y si al terminar les ven ojo de gato, muy abierto, echarán sin remedio una chuleta sobre las brasas, servida en su punto con pimientos de Gernika, ensalada y papas; de postre, leche frita, cuajada o tiramisú.

En los alrededores ya no hay moras, ni existen los calamares del viejo vivero ni aparece la Venus Pirenaica por ningún lado, pero aún queda el Arroka Berri, viejo testigo de aquellos veranos en los que las sombras empezaban a ser de verdad alargadas y las noche eran melancólicas.

Arroka Berri
Higer Bidea 6
Hondarribia
Tel.: 943 642 712
www.arrokaberri.com
arrokaberri@arrokaberri.com

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Modernito
¿CON QUIÉN? Con amigos / En pareja / En familia
PRECIO 50 €

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Un pensamiento en “Arroka Berri

  1. Periko

    Buen restaurante, buen servicio, y buena comida. He estado allí en mis ya habituales vacaciones de junio en Hondarribia, por recomendación de Agustín, de Arotzenea Nekazal turismoa, un tío grande y cuya casa rural recomiendo visitar, además de este restaurante, como un lugar ideal donde establecer la base de operaciones en las faldas del Jaizkibel para ir a ponerse las botas a Arroka Berri, Gran Sol, Itxaspe, Ardoka, Enbata, Alameda, y una largo etcétera en Hondarribia. A ver si alguna vez te encuentro por sus calles David, ¡que no hay manera!

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