La Iebolina

O de una tasca coruñesa para gozar como pigmeos.

Una tasca en pleno centro histórico de Coruña, junto a la castiza Plaza de María Pita.

Mi difunto padre nos contagió el veneno por la lectura de Álvaro Cunqueiro, un tipo que expresó en vida su deseo de que “si algún día, muerto, se quisiera hacer de mi algún elogio y estuviera dando hierba a nuestra tierra, podría decir en mi lápida: aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más”.

El escritor nacido en Mondoñedo, localidad reputada por una tarta de mordisco inabarcable atiborrada de cabello de ángel, frutas escarchadas, almendras, hojaldre y guindas, tuvo una madre descacharrante que lo entretuvo en la cocina con cuentos, romances y fabulaciones que alimentaron su imaginación y esa obsesiva capacidad que desarrolló, más tarde, para dar de comer a sus personajes de ficción y hacerlos felices, como al inconsolable Maestro Flute en casa de Merlín o al viejo Sinbad marinero, que soñaba con hocicos de elefante mechados, ajos rellenos con sangre de pichón y revuelto de huevos con claveles.

Su padre, farmacéutico en Cambados, recomendaba nabizas, truchas, salmones, lampreas, corujos, congrios, zamburiñas, volandeiras, ostras, empanadas, centollas, langostas guisadas con chocolate, mejillones, xoubas, pulpos, castañas asadas, filloas de sangre, albariño y demás golosinas con verdadero entusiasmo como remedio terapéutico a todos los que le interrumpían en sus celebradas tertulias a las que asistían canónigos, médicos, letrados y cazadores; debía ser todo un poema la fascinación del joven escritor correteando y escuchando, a dos carrillos, aquellas historias prodigiosas de toda suerte y condición, lances amorosos, partos de criaturas sobrenaturales, viajes alucinatorios y muertes aterradoras a primeras horas del alba: quizás para empaparse de todo el verdín de Galicia, no exista mejor cosa que ser hijo de boticario o de cocinera.

De chaval escuché siempre el soniquete de que Coruña se divierte mientras el resto de Galicia trabaja o duerme y siempre tuve la sensación de que la tierra de meigas que parió a mi padre es una especie de país de cucaña en el que los perros se atan con longanizas, o aún mejor, con chorizos de Lugo como los que traían mis abuelos a casa a bordo de un Seat 1500-C de “elegante línea”, como rezaba la publicidad de la época, “dotado de modernísimo confort y bello tapizado con todos los detalles creados para su bienestar”. Y ahí estaba yo, alimentando mi particular visión del paraíso recordando sus fechorías de joven y esas meriendas que se metían entre pecho y espalda él y sus amigos, nécoras, percebes y cigalas en cantidades industriales, que no pudiendo terminar, sepultaban bajo tierra; mi viejo, además, vivió en África como Lawrence de Arabia y recorrió Europa como Tintín, a lomos de una Vespa; buceó en las rocas de la playa de Riazor, afiladas sus puntas como estiletes y escuchó al mismísimo Count Basie y su banda haciendo quiebros a Frank Sinatra, ahí es nada.

Si hoy viviera, estoy seguro que gozaría en La Iebolina, junto a la castiza Plaza de María Pita, en pleno centro histórico de Coruña, uno de los locales clásicos especializados en marisco y pescado, pilotado por Antonio, Tonecho, Amparo, María Jesús y Luisa, que fieles a un estilo y a la estricta selección de los mejores ejemplares que ofrece el mercado, acomodan el material en preparaciones simples que otorgan protagonismo bien merecido a la materia prima.

Es de rigor, y formado para lo que llaman aperitivos, “antipasto” o entremeses, que les sugieran cigalas y centollas de elegante porte, bien cargadas de corales y huevas; o pulpo a la gallega con sus regueros suculentos de aceite y pimentón, rojos que hasta Gauguin y Van Gogh no ha conocido la pintura: ni aún los calientes colores venecianos osaban tanto; también les podrán servir sopa de cocido, que se descompone en más de un cerdo y añade media gallina por barba, y peldaño a peldaño, pasarán por las croquetas de marisco, inmensas, el salpicón de lubrigante y las kokotxas de merluza al pil pil, para caer rendidos en brazos de la raya con su ajada, una lubina hervida convertida en ofrenda a Neptuno o el rodaballo asado, tras el cual, parando para echar un pitillo, irán el tocino de cielo, las natillas espesas y la compota de manzana.

Todo estómago tiene su fondo, pero una medicina hay que conviene a todos los estómagos: el sosiego. Así que después de la zampada exijan la calma de un sueño reparador, pues sin comerlo ni beberlo, llegará pronto la cena.

La Iebolina
Capitán Troncoso 18
A Coruña
Tel.: 981 205 044 – 981 226 533

COCINA Todos los públicos
AMBIENTE Tasca
¿CON QUIÉN? Con amigos / En familia / Negocios
PRECIO 60 €

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4 pensamientos en “La Iebolina

  1. Miguel Vila (Colineta)

    ¡Cómo me gusta que te acuerdes del grandísimo Álvaro Cunqueiro y de sus historias!
    De La Iebolina lo único malo es el nombre, que por escrito muhas veces no se sabe si empieza por I o por L.

  2. ascension

    hola quetal david de jorge.heres un cocinero de los pies ala cabeza.no me pierdo ni un dia de verte. pero podia ser posible que te cuides un poco mas que desde que nos dices que te estas cuidando te sigo viendo como el primer dia que empezastes y ami como segidora que soy megustaria verte muchos años mas y disfrutando de tu cocina un saludo cariñoso agur. tomatelo enserio de una vez.

  3. ascension

    hola que tal david de jorge soy una segidora tuya de cada dia. me gustari que si es posible te cuidaras mas… pues un cocinero de los pies a la cabeza como tu seri ua pena que te pasara algo nos dices que estas con regimen pero te veo como el primer dia.como es eso como segidora me gustari verte mucho mas y deverias de tomartelo mas enserio asi como te tomas en serio el que te salga bien la comida cada dia un abrazo muy fuerte agur

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