Timbal de macarrones sorrentino

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O de un timbal de macarrones que no engorda.

“Pero dejando aparte la buena crianza, el aspecto de aquellos monumentales pasteles era bien digno de evocar estremecimientos de admiración. El oro bruñido de la costa tostada, la fragancia de azúcar y canela que trascendía, no eran más que el preludio de la sensación de deleite que se liberaba del interior cuando el cuchillo rompía la tostadita capa: surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos de pollo, los huevecillos duros, las hilachas de jamón, de pollo y el picadillo de hongos y trufa en la masa untuosa, muy caliente, de los macarrones cortados, cuyo extracto de carne daba un precioso color gamuza.

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El comienzo de la cena fue, como sucede en provincias, de recogimiento. El arcipestre se santiguó y se precipitó de cabeza sin decir palabra. El organista absorbía la suculencia del alimento con los ojos entornados; estaba agradecido al Creador porque su habilidad en fulminar liebres y becadas le proporcionase de vez en cuando semejantes éxtasis, y pensaba que con el importe de sólo uno de aquellos timbales él y Teresina habrían vivido un mes.

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Angelica, la bella Angelica, olvidó los remilgos toscanos y parte de sus buenas maneras y devoró con el apetito de sus diecisiete años y con el vigor que le confería el tenedor, agarrado por el medio.

Tranceti, intentando unir la galantería con la gula, procuraba imaginarse el sabor de los besos de Angelica, su vecina, en el de las descargas aromáticas del tenedor, pero se dio cuenta inmediatamente de que el experimento no era agradable y lo suspendió, reservándose resucitar estas fantasías para el momento de los dulces.

El príncipe, aunque abstraído en la contemplación de Angelica, que estaba sentada frente a él, tuvo ocasión de advertir, el único en la mesa, que el demi-glace estaba demasiado cargada y se propuso decírselo al cocinero al día siguiente. Los otros comían sin pensar en nada, y no sabían que la cena les parecía tan exquisita porque un aura sensual había penetrado en la casa.”

Escrito por Lampedusa.

Crédito fotográfico by López de Zubiria

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